Mateo no se movió al principio.
Como si su cuerpo no entendiera la libertad.
Luego se dobló hacia adelante y empezó a llorar.
No lloró como héroe. Lloró como muchacho cansado. Como alguien que había estado aguantando demasiado tiempo sin permiso de romperse.
Mariana bajó del estrado y caminó hacia él.
Mateo se levantó y la abrazó con cuidado, temiendo lastimarle los brazos.
—Me iban a quitar la vida —susurró.
—No —dijo ella—. Solo intentaron quitarte la voz.
Al salir del tribunal, el pasillo estaba lleno de murmullos. Algunos empleados miraban a Mariana con respeto, otros con culpa. El almirante Cárdenas la esperaba cerca de una ventana desde donde se veía el cielo gris de Guadalajara, pesado de lluvia.
—No debió intervenir —dijo Mariana.
—Debí hacerlo hace años.
Ella apretó los labios.
—Yo ya no soy esa persona.
—Sí lo es —respondió él—. Solo cambió de uniforme. Antes salvaba hombres en una zona oscura. Ahora salva desconocidos en un hospital y veteranos en tribunales.
Mariana miró sus manos.
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