“Quítese esa chamarra ahora mismo”, gritó el juez frente a todo el tribunal, creyendo humillar a una enfermera mexicana agotada y manchada de sangre; pero cuando un almirante escuchó el indicativo bordado en su hombro, entró pálido a la sala, se cuadró ante ella y reveló el secreto que hizo temblar al juez, al acusado y a todo México: ¿quién era realmente Mariana “Fantasma Cuatro”?
Mateo negó con la cabeza, casi imperceptiblemente.
Mariana apretó los dedos.
—No puedo hacerlo, señoría.
El rostro del juez se endureció.
—Aquí no se negocia con caprichos. O se quita esa prenda o la declaro en desacato.
Los murmullos comenzaron en la sala. Algunas personas sacaron el celular hasta que un secretario les ordenó guardarlo. Octavio Briseño sonrió apenas, disfrutando la escena. Para él, aquella enfermera era una molestia. Una mujer común metiéndose en asuntos de gente importante.
—Señoría —intentó decir el defensor—, mi testigo es fundamental para demostrar que mi cliente actuó en defensa de una víctima.
—Su testigo puede declarar cuando aprenda a vestirse —cortó el juez.
Mariana levantó la mirada.
—Con todo respeto, señoría, esta chamarra no es una falta de respeto.
—¿Ah, no? —El juez señaló el parche—. ¿Y eso qué es? ¿Algún apodo de pandilla?
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