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En plena misa de mi abuela, mi sobrino volvió con los zapatos llenos de lodo y susurró: “Ella no está sola.” Mi tío quiso callarlo frente a 40 personas, pero mi madre se levantó, señaló el ataúd y dijo una sola frase… entonces escuchamos 3 golpes desde la madera cerrada.

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PARTE 1

—Si alguien vuelve a decir que mi abuela murió en paz, juro que abro ese ataúd frente a todos.

La frase salió de la boca de mi madre durante la misa y dejó a media iglesia sin respirar.

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Hasta ese momento, el funeral de doña Rosario parecía uno de esos despedidos tristes pero normales en los pueblos de Guanajuato: flores blancas, veladoras temblando, señoras rezando bajito y familiares fingiendo que el dolor los unía, aunque todos sabíamos que en esa familia había secretos viejos, de esos que se guardan debajo de los manteles y se heredan sin nombrarlos.

Mi abuela murió un jueves antes del amanecer.

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Tenía 84 años, manos delgadas, cabello blanco recogido siempre con pasadores negros y una mirada que, incluso enferma, seguía teniendo autoridad. En el pueblo de Santa Lucía del Río todos la llamaban doña Chayo. Para mí era mi abuela Rosario, la mujer que rezaba el rosario completo cada noche, pero nunca dejaba que nadie tocara el último cajón de su buró.

Semanas antes de morir, pidió algo extraño.

—No me velen en la casa —dijo, con la voz ya quebrada—. Llévenme a la iglesia. Y no me dejen sola, aunque les rueguen que se vayan.

Mi tío Ernesto bajó la mirada.

Mi madre, Teresa, apretó los labios.

Yo pensé que era miedo a la muerte.

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Ahora entiendo que no.

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La misa fue en la parroquia antigua, una iglesia de cantera amarilla con piso de piedra y olor a humedad. Afuera el cielo estaba gris, pesado, como si una tormenta se hubiera quedado atorada sobre el pueblo. El ataúd de mi abuela estaba frente al altar, cubierto con nardos, rosas blancas y un rosario grande sobre la tapa.

Yo llevé a mi sobrino Mateo porque mi hermana venía retrasada desde Querétaro. Mateo tenía 7 años, ojos enormes, camisa blanca mal fajada y esa inquietud de los niños que hacen preguntas donde los adultos prefieren callar.

—Tía Ana, ¿la bisabuela escucha la misa? —me preguntó.

—Tal vez desde el cielo.

—Entonces, ¿por qué el tío Ernesto está enojado?

Volteé a verlo.

Mi tío estaba junto a la primera banca, rígido, con las manos entrelazadas y la mandíbula apretada. No lloraba. No miraba el ataúd. Miraba la puerta lateral que llevaba a la sacristía, como si esperara que alguien saliera de ahí.

—A veces la gente se pone rara cuando está triste —le dije a Mateo.

Pero ni yo me creí esa respuesta.

El padre Aurelio empezó a hablar del descanso eterno. Las señoras contestaban las oraciones. Mi madre lloraba sin hacer ruido. Yo solté la mano de Mateo solo un instante para persignarme.

Un instante.

Cuando bajé la vista, mi sobrino ya no estaba.

Sentí que el corazón se me caía al piso.

—¿Mateo? —susurré.

Miré debajo de la banca, hacia el pasillo, entre las flores.

Nada.

—Mateo —dije más fuerte.

Mi madre volteó, alarmada.

Yo salí de la fila y empecé a buscarlo entre las bancas. Pensé que estaría escondido detrás de una columna o mirando las imágenes de los santos. Pero no aparecía.

Una anciana vestida de negro me tomó del brazo.

—No vaya sola a la parte de atrás, hija.

—¿Por qué?

La mujer se santiguó.

—Porque ahí llora la niña.

Se me heló la espalda.

—¿Qué niña?

Antes de que pudiera responder, se escuchó un golpe seco desde la sacristía.

Toda la iglesia volteó.

El padre Aurelio dejó de hablar.

La puerta lateral se abrió despacio, rechinando como si alguien la empujara desde el otro lado.

Y apareció Mateo.

Pero no venía corriendo.

Venía caminando despacio, con la cabeza baja, los zapatos llenos de lodo y la camisa abierta de un botón. Su carita estaba pálida. Demasiado pálida.

—Mateo —corrí hacia él—. ¿Dónde estabas?

No me contestó.

Pasó junto a mí como si no me reconociera y caminó directo hacia el ataúd de mi abuela. Luego se arrodilló frente a él.

Nadie dijo nada.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

Mi tío Ernesto dio un paso atrás.

Mateo levantó la mano derecha. Entre sus dedos apretaba un rosario pequeño, viejo, mojado, con cuentas oscuras y una cruz oxidada.

No era el rosario del ataúd.

Era otro.

—¿De dónde sacaste eso? —le pregunté, sintiendo que la voz no era mía.

Mateo giró la cara hacia mí.

Sus ojos eran los mismos, pero su mirada parecía cansada, como si hubiera llorado durante años.

Entonces susurró:

—Ella dice que no la enterraron sola.

La iglesia entera quedó muda.

El padre Aurelio bajó lentamente del altar.

—¿Quién te dijo eso, hijo?

Mateo señaló el ataúd.

—La señora Rosario.

Mi madre soltó un sollozo.

Mi tío Ernesto reaccionó de golpe.

—Es un niño. Está asustado. No sabe lo que dice.

Mateo negó con la cabeza.

—Sí sé. Ella estaba con una niña en el cuarto oscuro.

La anciana de negro murmuró:

—Santa Madre de Dios…

Mi tío se acercó con furia.

—Ya cállate, Mateo.

Me puse entre ellos.

—Ni se te ocurra gritarle.

Él me miró como si yo hubiera traído la desgracia.

—Ese niño está repitiendo cosas que no entiende.

Mateo apretó el rosario contra su pecho.

—La niña se llama Inés.

Mi madre dejó de llorar.

El padre Aurelio cerró los ojos.

Mi tío Ernesto, que no había derramado una sola lágrima por su madre muerta, empezó a temblar.

—¿Quién te dijo ese nombre? —preguntó mi madre con la voz rota.

Mateo levantó el dedo hacia la sacristía.

—Ella.

Todos volteamos.

No había nadie.

Solo la puerta abierta, una corriente fría y pequeñas gotas de agua sobre el piso de piedra, como huellitas mojadas que venían desde la sacristía hasta el ataúd.

Mi madre se puso de pie.

—Ernesto —dijo—. ¿Quién era Inés?

Mi tío abrió la boca, pero no salió nada.

Mateo miró de nuevo el ataúd.

—Dice que hay una caja debajo de las escaleras. Y una foto rota. Dice que no abran la caja delante de él.

—¿De quién? —pregunté.

Mi sobrino señaló a mi tío.

—De él. Porque él tiene la otra mitad.

Mi tío retrocedió como si el niño lo hubiera golpeado.

Y justo en ese momento, desde dentro del ataúd de mi abuela, sonaron 3 golpes lentos.

Uno.

Dos.

Tres.

Como si alguien, desde la madera cerrada, estuviera pidiendo que por fin escucháramos lo que toda la familia había enterrado durante décadas.

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