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Un multimillonario moribundo le suplicó a su empleada doméstica que pasara una noche con él. Ella pensó lo peor… hasta que él pronunció el nombre de su madre y abrió una carta que llevaba 29 años escondida.

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PARTE 1

—Mariana… quédate una noche conmigo.

La bandeja con el té tembló entre las manos de Mariana Cruz, y por un segundo creyó que había escuchado mal.

Don Ernesto Salvatierra no le había pedido que cambiara las sábanas. No le pidió la medicina, ni que cerrara las cortinas pesadas de aquella recámara enorme con vista al mar de Acapulco. Solo la miró desde su cama, pálido bajo la luz dorada de la lámpara, y repitió con voz rota:

—Una sola noche. Por favor.

Mariana tragó saliva.

Durante 3 años había trabajado como empleada interna en la mansión Salvatierra, una casa de piedra blanca en Punta Diamante, con portones negros, cámaras en cada esquina y empleados que hablaban en voz baja. Todos sabían quién era Ernesto Salvatierra: dueño de constructoras, hoteles y transportes. Un hombre que había levantado media costa y destruido a cualquiera que se cruzara en sus negocios.

Sus hijos le temían.

Sus abogados le obedecían.

Sus empleados evitaban mirarlo demasiado tiempo.

Pero Mariana nunca le tuvo miedo.

Tal vez porque lo había visto cuando nadie más lo veía. Lo había visto quedarse despierto mirando fotos viejas. Lo había visto mandar regalos de cumpleaños a personas que jamás llamaban para agradecer. Lo había visto estirar la mano hacia una cajita musical de plata en su buró y luego retirarla, como si tocarla doliera.

—Señor… —dijo ella con cuidado—. No creo que sea correcto.

Don Ernesto cerró los ojos, avergonzado.

—No de esa forma, muchacha. Dios me libre. Solo quiero que alguien se quede despierto conmigo. Alguien que escuche. Alguien que no esté esperando que yo me muera para repartir mis cosas.

Mariana miró hacia la puerta cerrada.

Abajo, en el salón principal, los 3 hijos de Don Ernesto discutían desde la tarde. Roberto exigía revisar el testamento. Valeria quería que se inventariaran las joyas. Santiago no dejaba de preguntar por cuentas en el extranjero.

Ninguno había subido a preguntarle a su padre si tenía frío.

Don Ernesto respiró con dificultad.

—Los doctores dicen que quizá no llegue al fin de semana. Y antes de irme, necesito decir una verdad.

Mariana dejó la bandeja sobre la mesa.

—¿Por qué a mí?

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