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“Quítese esa chamarra ahora mismo”, gritó el juez …

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—No, Mariana, por favor.

Ella lo miró con ternura cansada.

—Ya no importa, Mateo.

Bajó el cierre.

Cuando se quitó la chamarra, el tribunal entero contuvo la respiración.

Debajo llevaba una camiseta negra sin mangas. Sus brazos, desde los hombros hasta los antebrazos, eran un mapa brutal de quemaduras, injertos de piel, tejido hundido y cicatrices profundas. No eran marcas pequeñas. Eran heridas que hablaban de fuego, metal, explosión y dolor sostenido durante años. En el antebrazo derecho, deformado pero visible, había un tatuaje antiguo: un tridente, una fecha y una palabra casi borrada.

Lealtad.

Una mujer de la galería se cubrió la boca. El defensor público bajó la mirada. Hasta la fiscal pareció quedarse sin aire.

Octavio Briseño dejó de sonreír.

El juez Villalobos miró las cicatrices, luego bajó los ojos con vergüenza.

Mariana volvió a ponerse la chamarra, sin cerrarla.

—La uso porque la gente no mira mis manos —dijo despacio—. Mira lo que me pasó. Y yo estoy cansada de que mi cuerpo sea el espectáculo antes de que mi voz sea escuchada.

El almirante levantó la mano derecha y la saludó con solemnidad.

—Es un honor conocerla al fin, Fantasma Cuatro.

Mariana no respondió el saludo. No por falta de respeto, sino porque sus manos temblaban demasiado.

El juez se aclaró la garganta.

—Señorita Rivas… el tribunal le ofrece una disculpa.

—No necesito disculpas —dijo ella—. Necesito declarar.

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