El muchacho giró la mirada hacia él, confundido, temblando.
Y justo antes de que alguien pudiera explicar la verdad, el dedo del niño rozó el gatillo.
PARTE 3
—Mateo, no dispares —dijo Martín con una calma que no sabía de dónde había salido.
Los policías levantaron las manos, tensos, apuntando sus armas hacia el suelo para no asustarlo más. El comandante Navarro habló despacio, como se le habla a un animal herido.
—Muchacho, nadie quiere hacerte daño. Baja la pistola.
—¡No se acerquen! —gritó el niño—. Papá dijo que los de afuera son enemigos. Dijo que si subía, me iban a matar. Dijo que mi mamá murió por culpa de ustedes.
Lucía se llevó las manos al pecho.
—No, mi amor… yo estoy aquí.
El niño la miró como si no entendiera el idioma. Sus ojos recorrieron el rostro de Lucía, luego el de Martín, luego buscó a Rogelio, que estaba esposado y de rodillas en la nieve.
—Papá… —murmuró—. Diles.
Rogelio no levantó la cara.
Ese silencio fue peor que cualquier confesión.
Lucía sacó su celular con dedos torpes. La pantalla de bloqueo tenía una foto antigua: Mateo, a los 5 años, sonriendo con la boca manchada de chocolate, usando la misma chamarra roja que llevaba el día que desapareció.
—Mira —dijo ella, acercándose apenas—. Este eres tú. Yo te tomé esa foto en tu cumpleaños. Pediste pastel de tres leches y no querías que nadie le quitara las fresas.
El muchacho miró la pantalla.
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