PARTE 1
—Si vas a perfumarte para engañarme, por lo menos llévate un pañal.
No lo dije en voz alta. Lo pensé mientras veía a Sergio acomodarse la camisa frente al espejo del cuarto, echándose un perfume caro que jamás usaba para salir conmigo a cenar por el centro de Puebla. Esa mañana se había peinado con una dedicación que ya no recordaba haber visto en años de matrimonio. Ni siquiera cuando fuimos al bautizo de su sobrino en Cholula se arregló así.
Yo estaba en la cocina, con el café de olla recién hecho y una botellita de laxante en la mano.
No fue un arranque. Fue el resultado de meses de llamadas colgadas cuando yo entraba al cuarto, “juntas urgentes” los viernes por la noche, mensajes que él borraba demasiado rápido y una distancia que ya ni siquiera intentaba disimular. Pero lo que terminó de romperme había llegado la noche anterior, cuando su celular vibró sobre el buró mientras él se bañaba.
“Te veo mañana. No olvides el perfume que me encanta. Ya quiero tenerte para mí, mi amor.”
Lo firmaba Carolina.
La nueva asistente de su oficina.
Serví el café sin temblar. Incluso me sorprendió la calma con la que eché las gotas exactas. Ni una más, ni una menos. No quería matarlo. Solo quería arruinarle la cita.
—¿Ya está el café? —preguntó él, entrando a la cocina con las llaves del coche en la mano.
Le sonreí como si todavía creyera en nosotros.
—Claro. Te va a caer de maravilla.
Se tomó la taza de prisa, de pie, sin mirarme mucho. Antes, cuando todavía me besaba la frente, se sentaba conmigo aunque fuera dos minutos. Esa mañana ni eso. Solo quería salir.
—¿Y para dónde vas tan elegante? —pregunté, recargada en la barra.
—A una reunión importante. Ya sabes, cierre de trimestre, estrategia, números…
Mentiras con corbata.
—Ah —respondí—. Entonces que te vaya excelente.
Salió. La puerta se cerró. Miré el reloj de la cocina.
Uno.
Dos.
Cinco minutos.
A los diez, escuché el primer grito desde afuera.
—¡Lucía!
Me asomé al porche con una cara de preocupación que ni yo misma sabía fingir tan bien. Sergio venía doblado, pálido, con una mano en el estómago y otra sosteniéndose del coche como si el mundo se le hubiera volteado.
—¿Qué me pusiste? —me gritó entre dientes—. ¡No llego al baño!
Me llevé una mano al pecho.
—¿Yo? Nada, amor. A lo mejor son los nervios de la… reunión.
Subió las escaleras como pudo, con esa dignidad masculina haciéndose pedazos en cada paso. Cuando estaba a punto de abrir el baño principal, le hablé con dulzura.
—Ese no.
Se quedó congelado.
—¿Cómo que ese no?
—Lo acabo de lavar. Usa el de abajo… si alcanzas.
Nunca voy a olvidar esa escena: mi esposo, el hombre que se sentía demasiado importante para explicarme dónde estaba, corriendo por la casa como un extraño derrotado por su propio cuerpo. Cerró la puerta del baño de abajo con un golpe que hizo vibrar los cuadros del pasillo.
Yo respiré hondo, agarré mi celular y escribí al grupo de mis amigas:
“¿Siguen en pie las micheladas?”
Las respuestas llegaron de inmediato.
“Obvio.”
“Te esperamos.”
“Hoy se brinda por las mujeres que ya se cansaron.”
Me retoqué el labial en el espejo de la entrada, tomé mis llaves y mi bolsa. Cuando ya iba saliendo, se escuchó la voz desesperada de Sergio desde el baño.
—¡¿A dónde vas?!
Sonreí.
—A una reunión —contesté—. De esas importantes.
Cerré la puerta y me fui.
Dos horas después, regresé con olor a cerveza, limón y libertad. Lo encontré sentado en la sala, pálido, agotado y con el celular en la mano. Ya no se veía poderoso. Se veía viejo.
—Carolina me escribió —dijo con la voz seca.
Yo dejé la bolsa sobre la mesa sin responder.
—Le cancelé la cita.
Eso me sorprendió, aunque no lo mostré.
—¿Y quieres aplausos?
Sergio se pasó la mano por la cara.
—Entendí que si necesito una humillación así para recordar que estoy casado, entonces ya estaba demasiado lejos de mi casa.
Iba a contestarle cuando escuchamos la puerta abrirse. Era Valeria, nuestra hija, con la mochila de la preparatoria colgando de un hombro. Nos miró a los dos. Luego clavó los ojos en el celular de su padre.
Su cara cambió de golpe.
—¿Otra vez esa mujer? —dijo, casi susurrando.
Yo sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Cómo que otra vez?
Valeria tragó saliva, levantó la mirada y dijo algo que me partió en dos:
—Mamá… esa mujer también me escribió a mí.
Lucía sintió que el piso se abría bajo sus pies. No podía creer lo que estaba a punto de pasar.
PARTE 2
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