Un jadeo débil.
Pero en aquella sala llena de trajes caros y relojes de lujo… sonó como un trueno.
Valeria Castillo inhaló con fuerza, su pecho elevándose mientras el aire volvía a llenar sus pulmones.
Sus ojos se abrieron de golpe.
La primera imagen que vio fue el rostro de Mateo inclinado sobre ella, sudoroso, con la respiración agitada.
Durante un segundo nadie habló.
Luego alguien gritó:
—¡Está respirando!
—¡Dios mío!
—¡Está viva!
Los ejecutivos retrocedieron.
Los guardias soltaron a Mateo.
Uno de ellos incluso dio un paso atrás, avergonzado.
Mateo se quedó de rodillas, temblando.
Su camisa gris de conserje estaba arrugada, con manchas de polvo del suelo de mármol.
La espalda le ardía donde lo habían golpeado.
Valeria lo miró.
Confundida.
Sus ojos oscuros se enfocaron lentamente.
—¿Qué… pasó…?
Mateo tragó saliva.
—Se desmayó, señora.
Valeria intentó sentarse.
Mateo la sostuvo suavemente.
—Despacio.
La ambulancia llegó minutos después.
Paramédicos entraron corriendo con camillas y equipos médicos.
—¡Abran paso!
Le colocaron una mascarilla de oxígeno.
Uno de ellos miró a Mateo.
—¿Quién inició RCP?
Mateo levantó la mano.
—Yo.
El paramédico asintió con respeto.
—Le salvaste la vida.
Los ejecutivos se miraron entre sí, incómodos.
Nadie dijo nada.
Cuando la ambulancia se llevó a Valeria, la sala quedó en silencio.
Mateo recogió lentamente su trapeador del suelo.
Nadie lo ayudó.
Nadie se disculpó.
Simplemente volvió a trabajar.
Porque al día siguiente… él seguía siendo el conserje.
Tres días después, Mateo estaba limpiando el pasillo del piso 24 cuando escuchó una voz detrás de él.
—Mateo Reyes.
Se giró.
Era el director de recursos humanos.
Y detrás de él… dos guardias.
Mateo sintió un nudo en el estómago.
—Sí… señor.
—La señora Castillo quiere verlo.
El estómago de Mateo se hundió.
—¿Estoy… en problemas?
El hombre negó con la cabeza.
—Sígueme.
Lo llevaron al último piso.
La oficina de la CEO.
Un lugar donde Mateo jamás había estado.
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