Salimos a la calle. El sol nos golpeó de lleno. El ruido de los camiones sobre la avenida, los gritos de los vendedores de tejuino y fruta picada, el caos de la ciudad seguía igual, indiferente a mi tragedia.
Caminamos hasta la esquina, bajo la sombra raquítica de unos árboles tabachines que apenas empezaban a florecer. Yo esperaba que él dijera algo. No sé, tal vez: “¿Te llevo a casa?” o “¿Estás bien?”. O quizás un: “Perdóname, María, pero ya no soy feliz”. Cualquier cosa que me confirmara que yo había significado algo para él, que no era un objeto desechable.
Rafael se detuvo y metió la mano en el bolsillo de su pantalón. Sacó su cartera de piel, esa que le regalé hace tres navidades. De ella extrajo una tarjeta bancaria. Era de débito, azul, de un banco común y corriente. Se veía usada, con el plástico un poco levantado en las esquinas.
Me la extendió sin mirarme a la cara.
—Ten —dijo. Su voz era tranquila, demasiado tranquila. Una calma que me asustaba.
La tomé por inercia. El plástico estaba tibio por el calor de su cuerpo.
—Aquí hay 3,000 pesos —continuó, mirando hacia el tráfico, como si buscara un taxi—. El NIP es tu año de nacimiento. Te alcanzará para sobrevivir unos meses si te administras bien. Ya sabes cómo eres de buena para estirar el dinero.
Me quedé paralizada, con la tarjeta en la mano, mirándola como si fuera un insecto raro.
¿Tres mil pesos?
¿Eso valía yo? ¿Eso costaba mi vida entera?
Hice la cuenta mentalmente en una fracción de segundo, con esa rapidez dolorosa que da la desesperación. Tres mil pesos divididos entre 37 años. Eso eran… ochenta y un pesos por año. Menos de siete pesos al mes.
¿Siete pesos al mes valían mis desvelos? ¿Siete pesos valía el haber renunciado a mi carrera de secretaria para cuidar la casa? ¿Siete pesos valía el haberlo cuidado cuando se rompió la pierna y no pudo trabajar por seis meses?
Sentí que la sangre me hervía en las orejas. Quería gritarle. Quería aventarle la tarjeta en la cara y decirle que se metiera su dinero por donde le cupiera. Quería golpearle el pecho y exigirle que me devolviera mi juventud, mi belleza, mi tiempo.
Pero no hice nada. Mi educación, esa educación de mujer mexicana abnegada y silenciosa que me taladraron desde niña, me mantuvo inmóvil.
—Rafael… —logré decir, con un hilo de voz—. ¿Y ya? ¿Así nomás?
Él suspiró. Fue un suspiro profundo, cansado, como si cargara el peso del mundo. Por un segundo, solo por un microsegundo, vi que su mano intentaba acercarse a mi hombro, pero se detuvo a medio camino y la cerró en un puño.
—Es lo mejor, María —dijo, con la voz un poco más ronca—. Créeme. Es lo mejor para los dos. Ya no… ya no podemos seguir así.
—¿Así cómo? —pregunté, sintiendo que las lágrimas empezaban a picarme los ojos—. Si estábamos bien, Rafa. Nunca peleábamos.
—Ese es el problema —murmuró él, tan bajo que apenas lo escuché—. Cuídate, María. Come bien. No hagas corajes.
Y entonces, hizo lo impensable. Levantó la mano, paró un taxi verde que pasaba, abrió la puerta y se subió.
Lo vi a través del cristal sucio del taxi. Él miraba al frente, rígido como una estatua. El taxi arrancó, soltando una nube de humo negro que me hizo toser.
Me quedé ahí, parada en la esquina de Alcalde e Hidalgo, rodeada de extraños. Me sentí más pequeña que nunca. Me sentí como una niña perdida en el mercado.
Miré la tarjeta en mi mano.
Banco Nacional. Débito. Vence: 12/28.
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