El sol de Guadalajara a las doce del día no perdona; cae a plomo, pica en la nuca y hace que el aire tiemble sobre el asfalto de la Calzada Independencia. Pero aquel martes de abril, yo no sentía el calor. Sentía un frío que me nacía desde los huesos, un frío de morgue que me recorría la espina dorsal y me entumía los dedos de las manos.
Estábamos sentados en una banca de madera dura, barnizada y resbalosa, en el pasillo del Juzgado de lo Familiar. El ruido ambiente era una mezcla de murmullos nerviosos, llantos de niños aburridos y el taconeo incesante de abogados con prisa que cargaban expedientes como si cargaran vidas ajenas bajo el brazo.
A mi lado, separado por apenas treinta centímetros de aire viciado, estaba Rafael.
Mi Rafael. O al menos, el que había sido mío durante treinta y siete años.
Llevaba puesta su camisa de los domingos, esa de cuadros azules que yo misma le había planchado la noche anterior, rociándola con almidón para que el cuello quedara firme, tal como a él le gustaba. Qué ironía tan cruel, pensé mientras me miraba las manos arrugadas sobre el regazo. Hasta para venir a divorciarse de mí, yo lo había arreglado. Hasta para dejarme, yo me aseguré de que se viera bien.
—Doña María, Don Rafael —llamó el secretario con voz gangosa, sin siquiera levantar la vista de sus papeles—. Pasen a firmar.
Esas tres palabras resonaron como una sentencia de muerte. Me levanté con las piernas temblorosas. Sentía que las rodillas se me iban a doblar al revés, como las de los flamencos. Rafael se puso de pie de un salto, ágil, o al menos eso aparentaba. No me miró. Llevaba meses sin mirarme realmente a los ojos. Miraba mi frente, mi oreja, o un punto imaginario detrás de mi cabeza, pero nunca a mis pupilas. Como si tuviera miedo de ver lo que había roto adentro de mí.
Entramos a la oficina. Olía a papel viejo, a polvo y a café quemado. El juez, un hombre calvo con cara de aburrimiento, nos indicó dónde sentarnos.
—Bien, ya está todo acordado —dijo el juez, hojeando el expediente como quien revisa la lista del supermercado—. Divorcio voluntario. Bienes separados. No hay pensión alimenticia solicitada por la cónyuge, ¿es correcto?
Sentí un nudo en la garganta. Yo no había pedido nada porque mi orgullo era lo único que me quedaba intacto, aunque estuviera remendado. Rafael había insistido en que “arreglaríamos las cosas por fuera”, que él no me dejaría desamparada, pero legalmente, yo estaba renunciando a todo. A la casa que construimos ladrillo por ladrillo en la colonia Santa Tere, a los ahorros que él manejaba porque “él sabía de cuentas”, a la camioneta vieja.
—Es correcto —susurré. Mi voz sonó ajena, como la de una niña asustada.
—Firme aquí, señora.
Tomé la pluma. Una pluma corriente, de plástico negro, mordisqueada en la punta. Mi mano temblaba tanto que tuve que sostener mi muñeca derecha con la mano izquierda para poder escribir “María González”.
Al ver mi firma en ese papel, tuve un flashback violento. Vi mi mano joven, tersa, con las uñas pintadas de rosa pálido, firmando el acta de matrimonio hacía casi cuatro décadas. Recordé la música de mariachi, el sabor del mole, la promesa de “en la salud y en la enfermedad”. Recordé la noche de bodas en un hotelito de Chapala, con el miedo y la emoción mezclados en el estómago.
Y ahora, esa misma firma servía para borrarlo todo. Treinta y siete años de lavar ropa, de cuidar fiebres, de estirar el gasto, de esperar despierta, de perdonar olvidos, de criar a tres hijos que ahora tenían sus propias vidas y apenas llamaban. Todo eso, cancelado con tinta negra.
Rafael firmó rápido. Un garabato fuerte, decidido.
—Listo. Ya están divorciados —dijo el juez, cerrando la carpeta con un golpe seco que sonó como un disparo—. Pueden retirarse.
Salimos del juzgado en silencio. El pasillo parecía más largo ahora. Sentía las miradas de la gente. ¿Se me notaba en la cara? ¿Se me notaba que acababa de convertirme en una “dejada”, en una mujer sola a los 65 años? En México, una mujer sola a mi edad es invisible o es un estorbo. No hay punto medio.
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