Tres mil pesos. “Para que sobrevivas unos meses”, había dicho. Como si sobrevivir fuera lo único a lo que yo podía aspirar. No a vivir, no a ser feliz. Solo a sobrevivir. A no morirme de hambre por un rato.
La rabia empezó a mezclarse con la tristeza. Lo odié en ese momento. Lo odié con una fuerza volcánica. Odié su camisa de cuadros, odié su calma, odié su cobardía de irse en un taxi dejándome ahí tirada como basura.
“No la voy a usar”, me prometí a mí misma, apretando la tarjeta hasta que las orillas se me clavaron en la palma de la mano. “Me voy a morir de hambre antes de tocar un centavo de su limosna. Le voy a demostrar a ese viejo canijo que yo valgo más que tres mil pesos”.
Guardé la tarjeta en lo más profundo de mi monedero, en el compartimento del cierre que nunca abro, junto a una estampa de San Judas Tadeo y una moneda vieja. Sentía que guardaba un trozo de material radiactivo.
Caminé hacia la parada del camión. No tenía dinero para un taxi. Me subí al ruta 380, ese camión que da la vuelta a todo el periférico, lleno de gente, de olores, de vida real. Me fui de pie, apretada entre una señora con bolsas del mandado y un muchacho con audífonos.
Mientras el camión avanzaba, sacudiéndome de un lado a otro, las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas en silencio. Nadie me dijo nada. En esta ciudad, el dolor ajeno es invisible.
Llegué al cuartito que había rentado dos días antes. Un cuarto en una vecindad en las orillas de Tonalá. Paredes despintadas, un baño compartido en el patio, y una ventanita que daba a un muro de ladrillo.
Me senté en el catre viejo que había conseguido prestado. Saqué la tarjeta de nuevo y la aventé al fondo de un cajón de madera polillada, debajo de unos calcetines zurcidos.
—Ahí te vas a quedar —le dije a la tarjeta, hablando sola en la penumbra—. Te vas a podrir ahí. Y yo… yo voy a ver cómo le hago.
Esa noche no cené. No tenía hambre. Tenía el estómago lleno de piedras. Me acosté vestida, mirando las manchas de humedad en el techo, escuchando los perros ladrar a lo lejos.
Así empezó mi nueva vida. Con 65 años, un corazón roto, tres mil pesos que juré no tocar, y un miedo terrible a que amaneciera el día siguiente.
Lo que yo no sabía, mientras lloraba esa primera noche de soledad, era que esa tarjeta de plástico barato guardaba un secreto que cambiaría no solo mi futuro, sino todo lo que yo creía saber sobre el amor, el sacrificio y el hombre con el que había dormido treinta y siete años.
Pero para descubrirlo, primero tenía que tocar fondo. Y vaya que toqué fondo.
CAPÍTULO 2: La caída al abismo
La primera noche en mi nuevo “hogar” no dormí. ¿Cómo iba a dormir si el silencio era un lujo que ya no me podía permitir? En mi casa de Santa Tere, el ruido de la ciudad llegaba amortiguado, respetuoso. Aquí, en este cuartito de vecindad en las orillas de Tonalá, las paredes parecían hechas de papel de arroz. Escuchaba al vecino de la izquierda roncar como un motor desbielado, a la pareja de la derecha peleando por dinero a gritos, y el llanto incesante de un bebé en el piso de arriba que parecía llorar mi propia desgracia.
El cuarto era un cubo de cuatro por cuatro. Tenía una ventana pequeña que daba a un patio interior donde la gente tendía su ropa interior gastada y donde el olor a jabón barato se mezclaba con el de frijoles quemados y cañería. El piso era de cemento pulido, frío, lleno de grietas por donde, estoy segura, me espiaban las cucarachas esperando a que apagara la luz.
Me senté en la orilla del catre. No tenía colchón propio todavía, solo una colchoneta de hule espuma que me había regalado la portera, Doña Chuy, al verme llegar con mis dos maletas y la cara lavada en lágrimas.
—Pa’ que no duerma en el suelo, madre —me había dicho con lástima.
Esa palabra. “Lástima”. Se convirtió en mi sombra. Yo, María, que siempre fui la que llevaba la olla de tamales a las posadas, la que prestaba dinero a las cuñadas, la que organizaba las tandas… ahora era objeto de la lástima de desconocidos.
Pasaron los primeros días y la realidad me golpeó más fuerte que el divorcio mismo: el hambre y la necesidad no saben de duelos amorosos. Las tripas me rugían sin importar cuánto llorara por Rafael.
Tenía que trabajar.
A mis 60 años, mi currículum era invisible para el mundo moderno. “Ama de casa experta”, “Gerente del hogar”, “Psicóloga de hijos”, “Enfermera de esposo”. Nada de eso servía para las empresas que buscaban “jóvenes proactivos”.
Salí a buscar chamba una mañana de lunes. Me puse mis zapatos más cómodos, aunque ya estaban un poco gastados del tacón, y caminé. Caminé hasta que me ardieron las plantas de los pies. Fui a una panadería donde solicitaban mostrador.
—Híjole, señora… es que buscamos a alguien más… ágil. Ya sabe, pa’ las charolas calientes —me dijo el dueño, un hombre panzón que ni siquiera me miró a los ojos.
Fui a una tienda de ropa en el centro.
—No, madre, aquí es pura parada todo el día, se me va a cansar muy rápido. Mejor váyase a descansar a su casa.
“¿A cuál casa?”, quería gritarles. “¿A la que mi marido me quitó o al agujero donde vivo ahora?”. Pero me tragaba las palabras, asentía con una sonrisa mueca y seguía caminando.
Finalmente, la necesidad me llevó a lo único que el mundo cree que una mujer vieja sabe hacer: limpiar la mugre de otros.
Conseguí trabajo con una señora en la colonia Providencia. Una casa enorme, moderna, de esas con pisos de mármol blanco que parecen espejos y que da miedo pisar. La dueña, una mujer de unos cuarenta años, estirada y con olor a perfume caro, me recibió en la cocina.
—Mire, Doña María, aquí nos gusta la limpieza profunda. Nada de pasar el trapo por encima. Quiero que talle las juntas de los azulejos, que mueva los sillones, que limpie los vidrios por fuera y por dentro. Son 300 pesos el día. ¿Le sirve o busco a otra?
Trescenientos pesos. Hice el cálculo rápido. Pasajes, comida, renta… Apenas saldría.
—Sí, señora. Me sirve.
Y así empezó mi calvario físico.
Yo sabía limpiar, claro que sabía. Había mantenido mi casa impecable durante 37 años. Pero no es lo mismo limpiar tu propio nido con amor y a tu ritmo, poniendo a Juan Gabriel en el radio, que limpiar la mansión de una extraña que te vigila con el dedo índice listo para señalar el polvo.
El primer día terminé molida. Mis rodillas, que ya traían el desgaste de la edad, ardían como si tuviera brasas dentro de las rótulas. Mis manos, acostumbradas a cremas y cuidados, se empezaron a curtir con el cloro y los desengrasantes industriales que la señora usaba.
Recuerdo estar de rodillas en el baño de visitas, tallando el inodoro, con la cara pegada a la porcelana fría, y ver mi reflejo en el agua.
—¿En esto terminaste, María? —me pregunté.
Y la respuesta venía siempre acompañada de la imagen de Rafael entregándome la tarjeta. “Te alcanzará para sobrevivir unos meses”.
Esa frase me taladraba el cerebro. Cada vez que me dolía la espalda, cada vez que la patrona me regañaba porque dejé una mancha en el espejo, el odio hacia Rafael crecía. Él debía estar en nuestra casa, sentado en su sillón reclinable, viendo el fútbol, quizás tomándose una cerveza bien fría, mientras yo estaba aquí, oliendo a “Pinol” y sudor ajeno.
Llegaba a mi cuarto en Tonalá ya de noche. El trayecto en el camión 380 era otra tortura. Iba apretada, oliendo el cansancio de otros obreros, cuidando mi bolsa para que no me robaran lo poco que había ganado.
Abría la puerta de mi cuarto, prendía el foco pelón que colgaba del techo y me dejaba caer en la colchoneta.
Ahí, en la soledad de la noche, el hambre se hacía presente. Con lo que ganaba pagaba la renta, la luz, el agua y los pasajes. Para comer me quedaban miserias.
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