Su voz estaba cargada de furia.
—Estoy vendiendo mi casa.
—¡Nuestra casa!
—No —respondí con calma—. Mi casa.
Escuché a alguien hablar detrás de él. Seguramente Éléonore.
—Esto es una locura —dijo—. Estoy trayendo a mi esposa a casa y hay extraños en todas partes.
—¿Tu esposa?
—Sí.
—Interesante.
Silencio.
—Alaric —continué—. ¿Recuerdas algo llamado matrimonio legal?
—No me vengas con eso.
—En Francia la bigamia es un delito.
La respiración de Alaric cambió.
—No lo sabías, ¿verdad?
—¿De qué hablas?
—Que tu nueva boda no es válida.
Silencio.
—Porque sigues casado conmigo.
Podía imaginar su expresión.
—Ariane…
—Peor aún —añadí—. El registro civil ya fue notificado.
—¿Qué hiciste?
—Nada ilegal.
Tomé un sorbo de café.
—Solo informé a las autoridades de que un hombre casado celebró una segunda boda.
Éléonore gritó algo al fondo.
Alaric volvió a hablar.
—Esto lo podemos arreglar.
—¿De verdad?
—Sí. Podemos divorciarnos discretamente.
—No.
—¿Por qué?
Sonreí.
—Porque ya no me interesa ser discreta.
Silencio.
—Además… hay algo que aún no sabes.
—¿Qué?
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»