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Una viuda descubre a una joven embarazada durmiendo debajo del gallinero y descubre… Entonces hace esto

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Una viuda descubre a una joven embarazada durmiendo debajo del gallinero y descubre… Entonces hace esto

La lluvia empezó al final de la tarde, como si el cielo hubiera esperado a que el sol se despidiera para venirse abajo sin pedir permiso. Primero llegó el olor: tierra mojada, zacate aplastado, polvo volviéndose lodo. Después, el sonido: un golpeteo constante sobre las tejas viejas, el agua resbalando por la canaleta, pequeños ríos naciendo en el patio de barro. En noches así, el rancho parecía encogerse, como si todo el mundo cupiera dentro del círculo amarillo de luz que salía de la cocina.

Doña Jacinta cerró la puerta con cuidado, como lo hacía desde que la casa se volvió demasiado grande para una sola persona. Tenía sesenta y dos años, el cabello recogido en un moño sin vanidad y las manos firmes de quien lavó ropa en batea, cocinó para bodas, velorios y fiestas patronales, y aprendió a consolar sin necesidad de decir demasiado. Hacía tres años que había enviudado, y desde entonces el silencio se había instalado en la casa como otro mueble más: en la silla vacía junto a la mesa, en los pasos que ya nadie arrastraba por el pasillo, en la radio encendida bajito solo para no escuchar el peso de los propios pensamientos.

Aquella noche hizo lo de siempre. Encendió la estufa de leña, porque el gas era caro y el fuego, además de cocinar, calentaba el alma. Puso una tetera negra sobre la plancha, tostó un pedazo de pan del día anterior y dejó que el olor del café llenara la cocina. Ese aroma, tan simple y tan fiel, le trajo una nostalgia mansa. No de la que desgarra, sino de la que se posa en los hombros como una cobija. Recordó a su madre, doña Lupita, diciendo que la lluvia era la forma en que el mundo se lavaba la tristeza. Recordó también a su abuela Teresa, llamando a todos por apodos y haciendo que la infancia pareciera eterna.

Se sentó despacio a tomar café cuando lo oyó.

Primero fue un sonido raro entre el ruido de la lluvia: un cacareo agudo, nervioso, distinto del murmullo con que las gallinas se acomodaban para dormir. Luego vino otro ruido, como madera golpeando. Y después algo más: un resbalón en el lodo.

Doña Jacinta levantó la cabeza. Esperó.

El sonido volvió. Y con él, ese presentimiento antiguo que las mujeres del campo no saben explicar, pero reconocen al instante. No era miedo. Era aviso.

Se puso el rebozo grueso sobre los hombros, tomó la linterna que colgaba detrás de la puerta y salió.

El viento frío le golpeó la cara. El patio era una mancha oscura de barro, hierba negra y charcos brillando bajo la luz temblorosa. Bajó con cuidado los escalones de la cocina. El lodo se pegó a sus botas, pesado, como si quisiera detenerla. El gallinero quedaba a un lado del corral, junto a un viejo aguacate. Era una construcción sencilla de madera y malla que su difunto marido había levantado años atrás. “Para que una cosa sirva, primero tiene que estar firme”, decía siempre.

Doña Jacinta enfocó con la linterna y el corazón se le apretó.

La puertita del gallinero estaba entreabierta.

Ella estaba segura de haberla cerrado.

Bajó el haz de luz al suelo, buscando señales de algún animal. Pero lo que vio no fue un zorro ni un perro. Fue un pedazo de tela oscura pegado al lodo. Pensó que era un costal viejo, hasta que el bulto se movió.

La luz tembló. Iluminó un rostro pálido, mojado, con el cabello pegado a la frente y unos ojos enormes, llenos de miedo y fiebre.

Era una muchacha.

Muy joven.

Estaba acurrucada debajo del gallinero, temblando, abrazándose el vientre con ambas manos como si ese fuera el único sitio seguro del mundo. Y estaba embarazada, visiblemente embarazada.

Doña Jacinta dio un paso atrás por instinto. Luego avanzó dos al frente por otro instinto más fuerte: el de madre.

—Virgen santísima… —murmuró—. M’ija, ¿qué estás haciendo ahí?

La joven quiso responder, pero el frío le sacudía la boca. Apenas salió un sollozo ahogado.

Doña Jacinta se agachó sin importarle que el vestido se le llenara de lodo. Puso la linterna sobre una piedra, alargó las manos y habló con esa autoridad tranquila que solo tienen las abuelas.

—Te voy a sacar. ¿Sí me oyes? No te me asustes. Despacio… así… eso.

La muchacha estaba débil, pegada al barro, frenada por el miedo. Costó trabajo, pero al final logró salir. Cuando quedó de pie, se tambaleó, y doña Jacinta la sostuvo como quien recoge un pájaro empapado.

—Vente conmigo. Mi casa será humilde, pero está caliente. Y primero te voy a dar café. Luego hablamos.

La joven quiso protestar, pero no pudo. Solo lloró en silencio.

De regreso a la cocina, la lluvia parecía caer más fuerte. Doña Jacinta le echó encima su propio rebozo y la condujo hasta adentro. La luz amarilla, el calor de la estufa y el olor del café envolvieron a la joven como un abrazo.

—Quítate esa ropa mojada —ordenó con suavidad, señalando el cuartito del lado—. Ahí te dejo un vestido mío. No será bonito, pero está seco. Y seco ya es una bendición.

La muchacha dudó. Miró alrededor con esa desconfianza de quien lleva demasiado tiempo huyendo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó doña Jacinta mientras calentaba leche.

—Alma —respondió ella al fin, en un susurro.

Doña Jacinta sintió que algo en su pecho se aflojaba. Alma. Nombre corto. Nombre de muchacha que todavía podía salvarse.

Cuando la joven desapareció en el cuartito, algo cayó al suelo. Era un papel doblado, arrugado, húmedo. Doña Jacinta lo recogió despacio y lo abrió con cuidado. La tinta estaba corrida, pero aún se alcanzaba a leer una frase:

Si alguien me encuentra, por favor no diga nada. Me están buscando.

Pero lo que más le heló la sangre a Doña Jacinta… fue darse cuenta de que quien la buscaba ya estaba mucho más cerca de lo que Alma imaginaba

Parte 2 …

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