PARTE 1: El desconocido sostuvo a Lucía como si la hubiera cargado toda la vida.
Le acomodó la cabecita contra su pecho, puso una mano firme en su espalda y comenzó a tararear una canción bajita, casi imposible de escuchar.
No era una canción elegante. Era una melodía sencilla, de esas que las abuelas cantan mientras hacen tortillas o doblan ropa limpia.
Lucía soltó dos hipidos, cerró los puñitos y, poco a poco, se quedó dormida.
Elena se quedó mirándolo sin entender.
—¿Cómo hizo eso?
—A veces no necesitan que uno haga mucho —respondió él—. Solo que alguien no esté desesperado.
La frase no sonó como reproche. Sonó como verdad.
Elena sintió vergüenza.
—Perdón. Es que yo…
—No me debe explicaciones.
La sobrecargo pasó y sonrió aliviada. Varias personas dejaron de mirar.
El hombre de atrás, el que había reclamado, se acomodó otra vez en su asiento como si no hubiera dicho nada. La señora del pasillo fingió dormir.
Elena no pudo evitar susurrar:
—Gracias. De verdad.
—Me llamo Alejandro.
—Elena.
—Y ella es Lucía, ¿verdad?
Elena asintió.
—La escuchó llorar todo el avión. Difícil olvidarlo.
Alejandro sonrió, pero no se burló.
Durante unos minutos, Elena se quedó rígida, sin saber qué hacer con las manos. Por primera vez en horas, no estaba cargando a la bebé.
Por primera vez en meses, sus brazos descansaban.
El cansancio la golpeó de pronto, como si alguien le hubiera apagado la luz por dentro.
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