Mariana la miró.
—Tu hermana no era una desconocida.
Valeria abrió la boca, pero no dijo nada.
Roberto se acercó a la cama.
—Papá, piénsalo. Vas a entregar el apellido Salvatierra a una mujer que fregaba tus pisos.
Don Ernesto tomó la mano de Mariana.
—Sí. Y aun así está más limpia que todos ustedes.
Roberto pareció recibir una bofetada.
Mariana miró los papeles, la carta de su madre y el dije en su pecho.
No sabía de empresas. No sabía de millones. Pero sí sabía lo que era esperar ayuda detrás de una puerta cerrada.
Y justo cuando iba a hablar, Santiago se lanzó hacia el buró para arrebatar el dispositivo.
Ángela gritó.
Roberto bloqueó la salida.
Valeria cerró la puerta con llave.
Y Mariana entendió que la familia Salvatierra todavía estaba dispuesta a destruir la verdad antes de perderlo todo.