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Un multimillonario moribundo le suplicó a su empleada doméstica que pasara una noche con él. Ella pensó lo peor… hasta que él pronunció el nombre de su madre y abrió una carta que llevaba 29 años escondida.

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—Rivas ya no es mi médico.

Santiago se quedó helado.

—Le pagaban demasiado bien ustedes —añadió el anciano.

Roberto apretó los puños.

Don Ernesto señaló la cajita musical de plata sobre el buró.

—Mariana, detrás de la caja.

Ella levantó la cajita. Tenía grabado un colibrí idéntico al de su dije. Detrás, pegado a la madera, había un pequeño dispositivo negro.

Valeria palideció.

—¿Qué es eso?

—La verdad —dijo Don Ernesto.

Mariana presionó el botón.

Primero se escuchó estática.

Después, la voz de Santiago llenó la recámara.

—El viejo está tardando demasiado en morirse.

Luego habló Valeria:

—Si cambia algo, decimos que la servidumbre lo manipuló.

Roberto respondió:

—La muchacha es un problema. Él confía demasiado en ella.

Santiago rió.

—Entonces la corremos.

—Todavía no —contestó Roberto—. Que lo mantenga cómodo. Cuando llegue el momento, le damos una liquidación y un acuerdo de confidencialidad.

La grabación terminó.

Nadie respiró.

Don Ernesto miró a sus hijos como si los viera por primera vez.

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