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Un multimillonario moribundo le suplicó a su empleada doméstica que pasara una noche con él. Ella pensó lo peor… hasta que él pronunció el nombre de su madre y abrió una carta que llevaba 29 años escondida.

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—No —admitió Mariana—. Pero sé pedir ayuda a gente honesta. Eso ya me pone adelante de ustedes.

Ángela casi sonrió.

Valeria se cubrió la boca, como si quisiera llorar y no supiera cómo.

Roberto negó con la cabeza.

—Vas a destruir el legado Salvatierra.

Mariana lo miró de frente.

—No. Voy a limpiar lo que ustedes llamaban legado.

Don Ernesto tomó su mano.

—No espero perdón —murmuró.

Mariana se sentó a su lado.

—No sé si puedo dártelo.

—La verdad es mejor que el consuelo.

Ella apretó sus dedos fríos.

—Pero puedo quedarme hasta que amanezca.

Los ojos del anciano se humedecieron.

—Eso es más de lo que merezco.

Durante la siguiente hora, Don Ernesto habló de Lucía.

Contó que de niña se escapaba al mercado de Acapulco porque prefería comer elotes con chile que cenar con empresarios. Que una vez vendió un collar caro para pagar la operación del perro de una jardinera. Que odiaba que le dijeran señorita Salvatierra y prefería que la llamaran Lucía, nada más.

Mariana rió entre lágrimas.

—Sí era ella.

Luego Mariana le contó de la vida que él no vio. Le dijo que Lucía cantaba boleros mientras lavaba. Que quemaba las tortillas los domingos. Que guardaba un vestido azul en una bolsa de plástico y jamás se atrevía a usarlo.

Don Ernesto cerró los ojos.

—Ese vestido se lo compré yo.

—Ella decía que pertenecía a otra vida.

—Debió pertenecerle a esta también.

El sol comenzó a levantarse.

La habitación se llenó de una luz suave.

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