ANUNCIO

Un multimillonario moribundo le suplicó a su empleada doméstica que pasara una noche con él. Ella pensó lo peor… hasta que él pronunció el nombre de su madre y abrió una carta que llevaba 29 años escondida.

ANUNCIO
ANUNCIO

La madrugada avanzó lenta. Ángela hizo llamadas. Dos guardias de seguridad, leales al abogado y no a los hijos, llegaron al pasillo. La puerta volvió a abrirse. Roberto ya no pudo mandar en la habitación como si fuera dueño del aire.

Don Ernesto pidió que abrieran las cortinas.

Mariana caminó hacia los ventanales. La lluvia había terminado. El cielo empezaba a ponerse gris claro sobre el mar.

Cuando regresó a la cama, el anciano le entregó la cajita musical.

—Se la regalé a Lucía cuando cumplió 18 —susurró—. Decía que el colibrí parecía querer escapar.

Mariana pasó los dedos por la tapa.

—Mi mamá decía que los colibríes siempre encontraban flores aunque el camino fuera largo.

Don Ernesto sonrió con dolor.

—Siempre fue más sabia que yo.

Ángela se acercó.

—Señor, necesitamos confirmar su última instrucción.

Don Ernesto miró a Mariana.

—La decisión es tuya.

Ella pensó en los pisos de mármol. En los cuadros millonarios. En la alberca vacía. En los cuartos cerrados. Pensó también en su madre doblando ropa con las manos partidas por el jabón. Pensó en una joven con una bebé de 3 meses escribiendo una carta que nadie respondió.

—La mansión se queda con el nombre de mi madre —dijo Mariana—. No quiero que vuelvan a borrarla.

Roberto soltó aire, impaciente.

—¿Y la empresa?

—La empresa va a financiar la Fundación Casa Lucía Cruz.

—No sabes dirigir nada —escupió Santiago.

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO