—Sí —respondió Mariana.
La honestidad dolió, pero era necesaria.
El anciano asintió.
—Lo sé.
Roberto murmuró:
—Esto es manipulación emocional.
Mariana se puso de pie.
—No. Manipulación fue dejar que mi madre muriera creyendo que no valía una llamada. Manipulación fue hacer de cuenta que Lucía nunca existió. Manipulación fue verme servirles café durante 3 años mientras ustedes sabían que su padre confiaba en mí y planeaban echarme con dinero para que me callara.
Valeria bajó la mirada.
Por primera vez, su rostro no mostró solo furia.
Mostró una grieta.
—Yo tenía 17 cuando Lucía se fue —dijo en voz baja—. Papá dijo que nos había cambiado por un pobre diablo. Yo le creí.
Don Ernesto cerró los ojos.
—Les enseñé a despreciarla porque yo no soportaba extrañarla.
Valeria apretó los labios.
—Ella me escribió una vez.
Mariana la miró.
—¿Contestaste?
Valeria no pudo sostenerle la mirada.
—No.
Mariana sintió que algo se rompía otra vez.
Su madre no había tocado una puerta.
Había tocado varias.
Y todas se habían quedado cerradas.
—Mi madre los esperó —dijo Mariana—. A todos.
Nadie contestó.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»