La voz es débil, segura y completamente inadecuada para esta situación. Levantas la mirada con una sonrisa cortés ya formándose, lista para saludar a un hombre alto con una chaqueta elegante. En cambio, ves a tres chicas idénticas de pie junto a tu mesa como si hubieran salido de un libro de cuentos y entrado en tu vida por error. No pueden tener más de cinco años. Suéteres rojos a juego, rizos rubios y elásticos, grandes ojos esperanzados que parecen no haber aprendido a ser avergonzados. Están de pie hombro con hombro como un equipo en miniatura, lo suficientemente serias como para hacerte parpadear. Por un segundo, tu cerebro rechaza la imagen. Las citas a ciegas no vienen con trillizos. Las citas a ciegas no vienen con nada que se parezca al destino con zapatillas de deporte de tamaño infantil.
"Estamos aquí por nuestro padre", anuncia la segunda, con el tono solemne de un pequeño abogado dando un veredicto. La tercera asiente como si confirmara una prueba. "Se siente muy, muy mal por llegar tarde", añade, como si la puntualidad fuera una cuestión moral. "Hubo una emergencia en su trabajo, así que aún no ha llegado". La primera te observa atentamente, como si estuviera estudiando si vas a ser amable o cruel. Miras alrededor del café, casi esperando que un adulto corra a disculparse. En cambio, captas un par de sonrisas divertidas en las mesas cercanas. El barista se asoma por encima del mostrador como si estuviera viendo teatro en vivo. Nadie parece alarmado. Nadie se apresura a recoger a estas chicas. Lo que significa que o están a salvo... o son demasiado atrevidas para que el peligro las alcance.
Dejas el teléfono lentamente, porque necesitas tener las dos manos libres para entender qué está pasando. La confusión te invade, pero con ella crece la curiosidad, cálida y reticente. "¿Te envió tu papá?", preguntas, con voz suave, porque ni siquiera en estado de shock puedes olvidar que son niños. La primera niega con la cabeza con tanto entusiasmo que sus rizos rebotan. "Bueno... no exactamente", admite sin culpa. "Todavía no sabe que estamos aquí. Pero viene". La segunda levanta la barbilla como si firmara un contrato. "Lo prometemos", dice. La tercera sonríe con una extraña mezcla de dulzura y picardía. "¿Podemos sentarnos contigo?", pregunta. "Llevamos toda la semana esperando para conocerte".
Algo en tu pecho se afloja, solo un poco, como un nudo que se atreve a relajarse. Exhalas, renunciando a la idea de que esta noche será normal. "De acuerdo", dices, señalando las sillas. "Pero me lo vas a explicar todo. Desde el principio". Las tres chicas suben con perfecta coordinación, como si compartieran un hilo invisible, y de repente tu mesa parece una pequeña reunión de directorio. La primera extiende una mano, muy formal. "Soy Renata", dice. La segunda sonríe radiante. "Soy Valentina". La tercera se acerca, en voz baja, como si estuviera confiando secretos de estado. "Soy Lucía", susurra. "Y somos muy buenas guardando secretos... excepto este. Papá lo va a descubrir pronto".
Una risa se te escapa antes de que puedas detenerla, real y sobresaltada, del tipo que no has tenido en mucho tiempo. "Está bien, chicas", dices, tratando de sonar serena. "¿Cómo sabían que estaría aquí?" Renata se inclina hacia adelante, con los codos sobre la mesa, la seriedad marcada al máximo. "Escuchamos a papá hablando por teléfono con la tía Paola", explica. "Dijo que se encontraría con alguien llamada Sofía en el Café Jacaranda a las siete". Valentina asiente vigorosamente. "Estaba nervioso. Súper nervioso", dice. "Se estaba arreglando la corbata en el espejo". Lucía agrega, como un científico proporcionando el punto de datos final, "Nunca se arregla la corbata. Así que sabíamos que era importante". Tu estómago da un pequeño vuelco que no entiendes del todo. Un hombre que intenta una cita. Un hombre que se pone nervioso. Un hombre cuyos hijos están lo suficientemente comprometidos como para dar un pequeño golpe para su felicidad. Es adorable, sí. También es... un poco desgarrador.
“¿Y decidiste venir… antes que él?” preguntas, manteniendo tus cejas neutrales mientras tu mente da vueltas. Valentina te corrige de inmediato, ofendida por la implicación. “No antes”, dice ella. “Es porque tuvo que volver al trabajo. Algo se rompió con los meseros, y él arregla las cosas”. La boca de Renata se aprieta como si cargara con una responsabilidad demasiado grande para su edad. “Pero no queríamos que pensaras que se le olvidó”, dice ella. “Estaba emocionado. Incluso quemó los panqueques”. Lucía se encoge de hombros. “Siempre quema los panqueques”, dice con calma. “Pero hoy fue peor”. Aprietas los labios para no reírte de nuevo, y te das cuenta de que estas chicas no solo son inteligentes. Están observando a su padre de cerca. Conocen sus hábitos, su tristeza, su esfuerzo. Saben cómo se ve su valentía en pequeños desastres domésticos.
Miras hacia la puerta instintivamente, casi esperando que Mateo irrumpa en cualquier momento. "Entonces... ¿convenciste a una niñera para que te trajera?", preguntas. Las chicas intercambian una mirada con la inconfundible energía de la culpa compartida. Renata responde con cuidado. "No la convencimos", dice. Valentina suelta la verdad como una confesión con destellos. "Quizás le dijimos que papá dijo que estaba bien", dice rápidamente. "Lo cual dirá cuando descubra que funcionó". Arqueas las cejas. "¿Funcionó?", repites. Lucía sonríe, mostrando un pequeño espacio entre sus dientes, y dice la frase que cae suave pero profunda. "Nuestro plan para que papá no deje de ser feliz".
Por un momento, olvidas el café que te rodea. Olvidas la silla vacía, al desconocido que llegó tarde, todo el concepto de una cita a ciegas. Ves tres caritas mirándote como si no fueras solo una mujer en una mesa, sino una posibilidad. Te recuestas, observándolas, intentando evitar que tu corazón haga promesas que no puede cumplir. "¿Por qué es tan importante?", preguntas con dulzura. "¿Por qué todo esto?" Las chicas se quedan en silencio, su confianza se apaga en algo tierno. Valentina habla primero, en voz más baja. "Porque papá ha estado triste durante mucho tiempo", dice. "Cree que no nos damos cuenta. Pero nos damos cuenta". Renata baja la mirada hacia sus manos. "Sonríe con nosotras", dice. "Pero cuando cree que no lo estamos viendo... parece solo".
Se te hace un nudo en la garganta porque reconoces esa mirada. Tú también la has llevado. Lucía continúa, casi con naturalidad, como si este fuera el clima de su casa. "Lo hace todo", dice. "El desayuno, la tarea, los cuentos para dormir". Hace una pausa. "Es el mejor padre. Pero nunca hace nada por él". Renata añade, más suave: "La abuela dice que tiene miedo". Inhalas lentamente. "¿Miedo de qué?", preguntas. Valentina responde como si fuera obvio. "De volver a lastimarse". La pieza que falta encaja en su lugar con un suave clic.
Eliges tus palabras con cuidado, porque no quieres hurgar en las heridas de una niña. "¿Y tu mamá?", preguntas. Renata responde simplemente, casi con demasiada calma. "Es actriz", dice. "Muy famosa". Valentina dice que la ven en la televisión a veces, sin enojo, solo hechos. Lucía termina con una voz que suena practicada, el tipo de madurez emocional que los niños aprenden cuando los adultos les fallan. "Papá dice que nos amaba", dice. "Pero le gustaba más actuar. Y la gente puede elegir. Eso es lo que dice". Tu corazón se rompe y se vuelve a unir en el mismo segundo. Estas chicas no están amargadas. Están contenidas. Están lo suficientemente seguras como para hablar sobre el abandono sin ahogarse en él. Eso solo sucede cuando alguien en casa sigue apareciendo.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»