Carmen no intentó justificarse.
—Sí, mi hijo. Al principio limpiaba oficinas porque pensaba que merecía desaparecer. Después seguí haciéndolo porque tú merecías comer, estudiar y crecer lejos de mis pecados.
La verdad se instaló entre ambos como una pared.
Miguel quería abrazarla y quería gritarle. Quería recuperar a la madre heroica de hacía una hora, pero ya no existía. En su lugar había una mujer real: sacrificada y culpable, amorosa y equivocada.
Patricia habló desde Nueva York:
—James quiere que Carmen renuncie a todo. Si no, hará público el robo de las investigaciones.
—Que lo haga —dijo Miguel.
Carmen levantó los ojos.
—¿Qué dices?
—Que lo haga. No vamos a construir una nueva vida sobre otra mentira.
Morrison rio con desprecio.
—Muchacho, destruiré la reputación de tu madre.
—No si ella confiesa primero.
La oficina quedó inmóvil.
Miguel se acercó al altavoz.
—Señor Morrison, usted cree que la vergüenza pertenece únicamente a mi madre. Pero también tendrá que explicar por qué ocultó información, manipuló a Patricia, mantuvo a Carmen fuera de una empresa de la que era accionista mayoritaria y planeó destruir cientos de empleos. Mi madre responderá por sus errores. ¿Usted hará lo mismo?
Nadie respondió.
Las puertas del elevador se abrieron.
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