Una mujer canosa, agotada, con los mismos ojos verdes de Carmen, apareció en la entrada. A su lado venía un hombre alto, de cabello blanco y lentes delgados.
Carmen se llevó una mano a la boca.
—Fernando.
El doctor Fernando Castillo miró a la mujer que le había arrebatado veinte años de reconocimiento.
—Hola, Carmen.
—Yo… no merezco pedirte perdón.
—No vine porque lo merezcas —respondió él—. Vine porque Morrison me ofreció cincuenta millones de dólares para destruirte públicamente.
Miguel se interpuso ligeramente frente a su madre.
—¿Y aceptó?
Fernando lo observó por largo rato. Algo en los gestos del joven pareció atravesarlo.
—No. Vine a decir la verdad. Carmen robó parte de mi investigación. Eso jamás estará bien. Pero también es verdad que ella llevó aquellos modelos a lugares que yo nunca alcancé. Sus sistemas han purificado agua, reducido contaminación y salvado hospitales enteros del desperdicio energético.
Carmen lloraba en silencio.
—Fernando, te quité tu nombre.
—Entonces devuélvemelo —dijo él—. No con dinero. Trabajando conmigo, reconociendo públicamente lo que ocurrió y usando todo ese poder para reparar daños.
Miguel miró al doctor.
—¿Por qué siento que lo conozco?
Carmen dejó de respirar.
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