Miguel continuó:
—Mi madre asumirá la dirección general. El doctor Fernando Castillo será director científico y copropietario reconocido de las patentes desarrolladas a partir de su investigación. Patricia dirigirá una fundación para ayudar a familias separadas por abuso y manipulación. Elena Valtieri estará al frente de operaciones internacionales, porque tuvo el valor de denunciar a su propio padre cuando el silencio habría sido más cómodo.
En Nueva York, James Morrison retrocedió del podio. Sus abogados le murmuraban al oído. Los reporteros ya no preguntaban por Carmen; preguntaban por falsificación, fraude societario y conspiración.
El hombre que durante veinte años había controlado la historia terminó abandonando su propia conferencia de prensa por una puerta lateral, cubriéndose el rostro mientras las cámaras lo seguían.
Carmen miró la pantalla donde Morrison huía.
Miguel le preguntó:
—¿Quieres decirle algo?
Durante unos segundos, ella pareció volver a ser la mujer silenciosa del uniforme gris. Luego respiró hondo.
—James, durante veinte años creí que mi peor castigo era haberlo perdido todo. Hoy comprendo que mi peor castigo fue creer que no merecía volver a levantarme. No voy a vengarme de ti. Voy a responder por mis errores, voy a reconocer a quienes lastimé y voy a construir algo que tú jamás entendiste: una empresa donde el poder no sirva para dominar, sino para servir.
Apagaron la transmisión.
Nadie habló al principio.
Luego Patricia abrazó a Carmen como si intentara recuperar en un solo abrazo quince años perdidos. Fernando puso una mano sobre el hombro de Miguel, torpe y emocionado, como un padre que apenas estaba aprendiendo a serlo.
—No sé cómo empezar —confesó el científico.
Miguel sonrió.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»