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“Quítese esa chamarra ahora mismo”, gritó el juez …

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—¿Seguro?

—Usted dijo que un protector también puede aprender a sanar.

Mariana sintió un nudo en la garganta.

Por primera vez en muchos años, pensó que tal vez Fantasma Cuatro no había muerto en aquella operación. Tal vez solo se había quedado esperando a que Mariana tuviera fuerza para mirarla sin miedo.

Sacó la moneda del almirante de su bolsillo y la cerró en la mano.

—Entonces estudia bien, Mateo. Porque allá afuera hay mucha gente que necesita que alguien llegue a tiempo.

Él sonrió.

—Como usted llegó por mí.

Mariana miró el mar. El viento movió la vieja chamarra verde olivo sobre sus hombros. Ya no se sentía tan pesada.

No borraba las cicatrices. No devolvía lo perdido. No le regalaba noches sin pesadillas.

Pero por primera vez, dejó de sentirse como una armadura.

Se sintió como memoria.

Y mientras el sol desaparecía detrás del Pacífico, Mariana Rivas entendió que algunas heridas no se cierran para que uno olvide, sino para que aprenda a vivir sin pedir permiso. El juez había querido desnudar su vergüenza frente a todos, pero terminó revelando su verdad. Y esa verdad, al final, no destruyó a Mariana.

La devolvió al mundo.

FIN.

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