Hizo una pausa deliberada.
—Necesito a alguien que brille a mi lado —añadió—. Alguien como Victoria Lane.
Charlotte levantó la vista lentamente.
Victoria Lane era una actriz emergente de Hollywood que recientemente había empezado a aparecer junto a Julian en conferencias de tecnología y galas benéficas.
Los tabloides los llamaban una «pareja inesperada y poderosa».
—Victoria Lane —repitió Charlotte en voz baja—. La actriz.
Julian asintió.
—Ella comprende la magnitud del mundo que estoy construyendo.
Luego deslizó un documento y un cheque sobre la mesa.
—Un millón de dólares —dijo con calma—. Firma el acuerdo de divorcio, toma el dinero y vete discretamente. Prefiero no involucrar a la prensa en asuntos personales.
Charlotte miró el cheque.
Sus dedos rozaron el papel ligeramente.
Julian continuó hablando con una crueldad indiferente.
—Para serte sincero, Charlotte, tu sencillez empieza a resultarme agotadora.
Sus palabras resonaron en la habitación como cenizas.
Lo que Julian no sabía era que el apellido de Charlotte conllevaba un legado mucho más antiguo y poderoso que su floreciente imperio tecnológico.
Era la única nieta de Richard Hayes, el magnate del acero cuya empresa había suministrado discretamente materiales estructurales para los rascacielos que Julian admiraba cada mañana desde las ventanas de su oficina.
Charlotte tomó la pluma.
Su mano no tembló al firmar el documento.
Luego la dejó cuidadosamente sobre la mesa.
«No necesito tu dinero», dijo con calma.
Julian sonrió con desdén.
«Entonces considéralo un regalo».
Charlotte se puso de pie.
Antes de irse, se detuvo lo suficiente para mirarlo directamente.
«El acero se forja en el fuego», dijo en voz baja. «Pero se rompe al ser golpeado una vez frío».
Julian rió suavemente.
«Eso fue poético», dijo. «Adiós, Charlotte».
Salió a la lluvia.
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