Fue una frase simple, pero para Martín y Lucía sonó como una promesa.
Con el tiempo, la casa volvió a tener ruido. No el mismo de antes. Otro. Más lento. Más frágil. Pero vivo.
Mateo aprendió a caminar solo hasta la tienda de la esquina. Aprendió que los cohetes de las fiestas patronales no eran ataques. Aprendió que los policías podían ayudar. Aprendió que el mundo era peligroso, sí, pero no todo era amenaza. También aprendió que podía enojarse con sus padres por cosas normales: por tareas, por horarios, por no querer comer verduras.
Y Lucía agradecía incluso esos pleitos.
—Eso también es tenerlo vivo —decía.
Un año después de su regreso, el pueblo organizó una misa y una caminata por los niños desaparecidos. Martín no quería ir al principio. Le parecía una exposición innecesaria. Pero Mateo pidió asistir.
Caminaron por la calle principal con veladoras blancas. Muchas familias llevaban fotos de hijos, hermanos, sobrinos que seguían sin volver. Mateo observó esos rostros y entendió algo que lo dejó serio toda la noche.
—Yo regresé —dijo en casa—. Pero otros no.
Martín asintió.
—Por eso no podemos olvidar.
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