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LA TRADICIÓN DEL “HIJO-ESPÍRITU” QUE TERMINÓ SU MATRIMONIO ANTES DEL AMANECER

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Intentas negociar con tu propia conciencia como si fuera un casero. Es solo una noche, te dices a ti mismo, y te dices a ti mismo que puedes sobrevivir una noche. Te dices a ti mismo que Lucas te protegerá si algo se pone raro, porque eso es lo que hacen los maridos, ¿no? Te dices a ti mismo que Don Arnaldo es anticuado, no peligroso, que esto es solo superstición, no una amenaza. Pero tu cuerpo no se lo cree, y tu cuerpo es el único testigo honesto que tienes. Aun así, te subes a la cama y te aprietas contra el borde más alejado como si la distancia fuera una armadura. El colchón se hunde cuando Don Arnaldo se acuesta en el medio, y ese único cambio cambia toda la habitación. Ya no se siente como una suite de luna de miel. Se siente como una prueba que no aceptaste hacer. Lucas se acuesta al otro lado, lo suficientemente cerca para tocarte pero no lo suficientemente cerca para detener esto.

El sueño se niega a venir, no porque estés emocionado, sino porque tu sistema nervioso no se afloja. El reloj brilla en la oscuridad, y el tiempo se estira como un caramelo, lento, pegajoso y cruel. Oyes la respiración de Lucas, el ritmo tranquilo de un hombre que cree que las cosas saldrán bien porque siempre le han salido bien. Don Arnaldo respira de forma diferente, superficial y alerta, como si estuviera escuchando algo que solo él puede oír. Miras al techo e intentas imaginar el mañana, intentas imaginarte riéndote de esto más tarde en el brunch, intentas imaginar que es una historia extraña en lugar de una señal de advertencia. Te dices a ti mismo que si logras llegar a la mañana, puedes decidir qué hacer a la luz del día. La noche hace que todo parezca más peligroso, más distorsionado, más definitivo. Pero la noche también es cuando la gente revela lo que realmente cree que puede hacer sin consecuencias. Y no puedes ignorar cómo se siente tu piel, como si estuviera esperando un error.

El primer roce es tan leve que casi te convences de que no ha ocurrido. Un ligero golpe en la espalda, como si el colchón se hubiera movido o alguien se hubiera dado la vuelta mientras dormía. Te quedas quieto, escuchando, intentando identificar la fuente como si estuvieras rastreando a un animal en la oscuridad. Luego vuelve a ocurrir, un poco más firme, un empujón que te empuja el hombro hacia adelante. Se te cierra la garganta y el corazón empieza a latir con fuerza con ese miedo lento y pesado que se siente como si tu cuerpo se cayera por el hueco de un ascensor. Quieres alejarte, pero ya estás en el borde de la cama, inmovilizado por la geometría. Sigue otro roce, un pellizco rápido, de esos demasiado específicos para ser accidentales. Tu mente empieza a disparar posibilidades como bengalas de advertencia. ¿Es él? ¿Es Lucas? ¿Es esto lo que querían decir con «tradición»?

Entonces algo se desliza, y es imposible malinterpretar tu propio miedo. Un movimiento lento en tu cintura, luego baja hacia tu muslo, persistente de una manera que te pone rígidos los músculos. Sientes que tu estómago se vacía, como si el terror te hubiera sacado por dentro. Tu boca se seca, y la habitación se siente repentinamente más pequeña, como si las paredes se inclinaran para observar. Te dices a ti mismo que respires, pero tus pulmones solo te dan bocanadas superficiales de aire. Susurras, apenas audible, "Esto no es normal", como si decirlo en voz alta rompiera el hechizo. El reloj cambia de las 2:59 a las 3:00, y la exactitud del mismo te hace sentir maldito, como si algo hubiera sido programado. Otro toque sube por tu costado, lento y escrutador, y tu contención se rompe. Te giras rápido, desesperado, alimentado por el instinto de captar la verdad con tus propios ojos.

Lo que ves te deja sin aliento, pero no de la forma que esperabas. Don Arnaldo está erguido, sentado en medio de la cama, con los ojos abiertos, respirando con dificultad como si huyera de algo invisible. Parece aterrorizado, inocente, y esa confusión es su propia clase de horror porque significa que el peligro podría no ser simple. Sus manos están apretadas alrededor de un rosario, las cuentas brillan tenuemente en la oscuridad, y sus labios se mueven como si estuviera rezando, contando o tratando de no gritar. Su mirada no está en ti. Está fija más allá de ti, por encima de tu hombro, fija en algo que no puedes ver. Parece un hombre viendo abrirse una puerta que nadie más cree que exista. Por una fracción de segundo, piensas, absurdamente, que está viendo una sombra, una historia de fantasmas hecha realidad. Y entonces sientes cuán cerca está la respiración de Lucas, cuán cerca se ha alejado su calor.

Te giras lentamente, con el corazón aún acelerado, y ves que Lucas se ha movido mientras dormía. Se ha girado hacia ti, como hace la gente cuando su cuerpo busca consuelo sin permiso. Su brazo está extendido sobre el hueco, y su mano descansa sobre tu pierna, pesada y flácida por el sueño. Sus dedos se contraen ligeramente mientras se acomoda en una posición más profunda, el movimiento inconsciente de un hombre que sueña. La imagen debería tranquilizarte, pero no explica todo lo que sentiste, ni el pellizco, ni el deslizamiento deliberado, ni la forma en que tu piel gritaba "intención". Miras fijamente el rostro de Lucas, tranquilo e inconsciente, y la rabia burbujea porque incluso dormido, se está eligiendo a sí mismo. Miras de nuevo a Don Arnaldo, y la expresión en el rostro del hombre mayor no es lujuria ni audacia. Es pánico, crudo y tembloroso. Agarra el rosario como si fuera un arma.

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