—Tiene días buenos.
—Me reconoció en cuanto me vio.
Lorena soltó una risita falsa.
—Ay, Mariana, los viejitos dicen cualquier cosa.
Mariana abrió la carpeta y puso los recibos uno por uno sobre la mesa.
Rogelio palideció.
—También me dijiste que tú pagabas mi universidad.
Lorena dejó de sonreír.
—¿Quién te dio eso?
Mariana la miró fijo.
—Entonces sí lo sabías.
Rogelio se levantó.
—No entiendes nada.
—Entiendo que mi abuela vendió los aretes de mi abuelo, dejó de cenar y usó su pensión para pagar una carrera por la que tú aceptaste mis gracias durante 4 años.
Por un segundo, Mariana vio culpa en la cara de su padre.
Pero Lorena se adelantó.
—Tu abuela siempre fue manipuladora. Se hacía la santa para controlar a todos.
—No hables así de ella.
Lorena se puso de pie.
—Esta casa ya tuvo suficiente drama por culpa de esa vieja.
Mariana dio un paso al frente.
—No le digas vieja.
Entonces Lorena, furiosa, soltó algo que no debía.
—Si hubiera firmado cuando se le pidió, nada de esto habría pasado.
Rogelio volteó hacia ella como queriendo callarla.
Pero ya era tarde.
Mariana sintió un frío en la espalda.
—¿Firmado qué?
Nadie respondió.
—¿Firmado qué, papá?
Rogelio apretó los puños.
—Vete a tu cuarto.
—Ya no tengo 12 años.
Esa noche Mariana no durmió.
A las 6 de la mañana volvió al asilo con pan dulce, café descafeinado y un suéter limpio para su abuela.
Doña Teresa estaba mirando por la ventana.
—Abuela, ¿qué quería Lorena que firmaras?
La muñeca de estambre se le resbaló de las manos.
—No debiste preguntar.
—Sí debo. Ya me mintieron demasiado.
Socorro entró con una caja de lata, de esas viejas de galletas, amarrada con un listón blanco.
—Doña Teresa me pidió que te la diera si algún día preguntabas por tu mamá.
Mariana sintió que se le iba el aire.
Abrió la caja.
Había una foto de su madre embarazada, una copia de una escritura, un estado de cuenta viejo y una carta escrita por su abuela.
La primera línea decía:
“Mi Marianita, perdóname por guardar silencio. Tu papá no te quitó a tu madre, pero permitió que otra mujer te quitara lo que ella dejó para ti.”
Mariana levantó la vista.
—¿Qué dejó mi mamá?
Doña Teresa lloró sin ruido.
—Una casa.
El cuarto se hizo pequeño.
—La casa de la colonia Jardines. Tu mamá la heredó de tus abuelos. La dejó para ti cuando cumplieras 21.
Mariana ya tenía 22.
Nadie le había dicho nada.
Socorro sacó otro papel: una copia borrosa de un documento notarial. Había sellos, fechas y una firma que intentaba parecerse a la de su mamá.
Pero Mariana conocía esa letra.
Esa no era.
—Esto es falso.
Doña Teresa asintió.
—Lorena quería que yo firmara como testigo de que tu mamá había cambiado de opinión antes de morir. Me llevó a una notaría. Me dijo que si firmaba, tú tendrías escuela y futuro. Si no, tu papá se iba a hundir.
—¿Mi papá estaba ahí?
Doña Teresa cerró los ojos.
Otra vez, el silencio contestó.
—No firmé —dijo la abuela—. Por eso me trajeron aquí.
Mariana sintió rabia, una rabia nueva, limpia, filosa.
—Te voy a sacar de este lugar.
—No, mi niña. Si haces ruido, te van a quitar la escuela.
—La escuela me la pagaste tú.
Socorro abrió otro cajón y sacó un cuaderno verde.
Adentro, doña Teresa había anotado todo: visitas de Rogelio, fechas en que Lorena llevó papeles, nombres, placas, cantidades incompletas de la pensión y hasta el nombre del notario.
En la última página decía:
“Si Mariana viene, ya no me callo.”
Mariana lloró.
Pero no de tristeza.
Lloró de coraje.
Ese mismo día buscó a la doctora Camila, su profesora de prácticas comunitarias. Le puso la caja sobre el escritorio.
—Necesito ayuda.
La doctora leyó todo en silencio.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»