PARTE 1
A Mariana le dijeron durante años que su abuela ya no sabía ni cómo se llamaba.
Su padre, Rogelio, se lo repitió tantas veces que ella terminó creyéndolo.
—No vayas, hija. Te va a doler verla así. Ya no reconoce a nadie. Ni a ti.
Mariana tenía 22 años y estudiaba enfermería en Guadalajara. Vivía entre camiones llenos, prácticas en el hospital, café barato y turnos de fin de semana en una farmacia.
Cada semestre le agradecía a su papá porque, según ella, él pagaba la universidad.
—Gracias, pa. Ya quedó la inscripción.
Rogelio siempre contestaba lo mismo:
—No me falles.
Y ella no le fallaba.
Desde niña, su verdadero refugio había sido doña Teresa, su abuela. Cuando la mamá de Mariana murió, la casa se volvió fría. Rogelio dejó de hablar con ternura. Solo daba órdenes, pagaba recibos y miraba la televisión como si nada le importara.
Pero doña Teresa seguía ahí.
Le hacía sopita de fideo, le trenzaba el cabello antes de la escuela y le escondía monedas para que comprara una torta.
—Estudia, mi niña. Una mujer preparada no se deja pisotear por nadie.
Todo cambió cuando Mariana cumplió 18.
Un día llegó del trabajo y el cuarto de su abuela estaba vacío. No estaban sus vestidos, ni su rosario, ni su costurero. Solo quedó un rebozo gris doblado sobre la cama.
—¿Dónde está mi abuela? —preguntó Mariana, con el corazón apretado.
Rogelio ni siquiera la miró.
—La llevé a un asilo. Ya estaba muy mal.
—¿Cuál asilo? Quiero verla.
Entonces apareció Lorena, la esposa de Rogelio. Siempre impecable, siempre perfumada, siempre hablando como si la casa fuera suya desde antes de existir.
—No conviene, Mariana. Tu abuela se pone agresiva. A veces grita cosas feas. Ya no vive en este mundo.
Mariana miró a su padre esperando que la defendiera.
Pero Rogelio solo suspiró.
—Concéntrate en tu carrera. No cargues con eso.
Y Mariana, aunque le dolió, obedeció.
Porque una hija quiere creer que su padre no sería capaz de esconderle algo tan cruel.
Pasaron 4 años.
Hasta que un jueves, la universidad la mandó a hacer voluntariado a un asilo en las afueras de Tonalá.
El lugar olía a cloro, caldo recalentado y ropa guardada. Había sillones viejos, macetas secas y abuelitos mirando la puerta como si todavía esperaran visitas.
Una enfermera llamada Socorro les repartió actividades.
—Tomen presión, revisen glucosa y platiquen con ellos. Muchos no necesitan medicina primero. Necesitan que alguien les pregunte cómo amanecieron.
A Mariana le tocó el pasillo del fondo.
En la tercera habitación vio primero una muñeca de estambre color rosa. Luego unas manos flaquitas. Luego una trenza blanca cayendo sobre un suéter viejo.
Se le heló la sangre.
—¿Abuela?
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