La mujer levantó la cara.
Estaba más delgada. Tenía los labios resecos y la piel llena de manchas. Pero sus ojos eran los mismos que la habían cuidado cuando era niña.
Doña Teresa parpadeó.
Y luego lloró.
—Mi Marianita… ¿sí estás comiendo bien en la escuela?
Mariana sintió que el mundo se le rompía.
No la había confundido.
No dudó.
No preguntó quién era.
La reconoció de inmediato.
Mariana se hincó frente a ella y le abrazó las piernas.
—Me dijeron que ya no te acordabas de mí.
Doña Teresa lloró en silencio.
—De ti nunca me olvidé, mi niña. Ni un solo día.
La enfermera Socorro apareció en la puerta y se quedó pálida.
—¿Tú eres Mariana?
Ella asintió, sin soltar a su abuela.
Socorro apretó los labios.
—Entonces tienes que venir conmigo. Ya es hora de que sepas lo que hicieron.
PARTE 2
Socorro la llevó a una oficinita pequeña, con cajas de medicinas, expedientes amarillentos y un ventilador que hacía más ruido que aire.
Doña Teresa entró en silla de ruedas, abrazando su muñeca de estambre como si fuera un escudo.
La enfermera cerró la puerta.
Luego sacó una carpeta azul de un cajón.
—Tu abuela me pidió guardar esto.
Mariana la abrió con manos temblorosas.
Adentro había recibos.
Muchos.
Todos con su nombre completo: Mariana Aguilar Torres.
Inscripción.
Reinscripción.
Uniforme clínico.
Laboratorio.
Materiales.
Seguro estudiantil.
Cada comprobante tenía fechas, sellos y cantidades. Algunos estaban doblados. Otros manchados. Otros parecían guardados con manos cansadas.
—No entiendo —susurró Mariana—. Mi papá paga mi universidad.
Socorro la miró con tristeza.
—No, mija. La pagaba tu abuela.
Mariana soltó una risa seca, incrédula.
—¿Con qué dinero?
Doña Teresa bajó la mirada.
—Con mi pensión. Con costuras. Con lo poquito que me daban por arreglar bastillas. También vendí mis aretitos.
Mariana sintió náusea.
—¿Los aretes de oro del abuelo?
La abuela asintió.
Esos aretes eran lo único que le quedaba de su esposo muerto.
—Abuela, no…
—Tú necesitabas estudiar.
—¡Pero tú necesitabas comer!
Socorro respiró hondo.
—Hubo meses en que decía que no quería cenar. Luego yo la encontraba guardando bolillo duro en una servilleta. Decía: “Es que mi niña necesita imprimir tareas”.
Mariana se tapó la boca.
Recordó todas las veces que le escribió a Rogelio: “Gracias, pa”.
Todas las veces que Lorena le decía:
—Tu carrera sale carísima. Deberías agradecer más.
Y Mariana agachaba la cabeza.
Doña Teresa le tomó la mano.
—No llores. Cada pago era como verte caminar un poquito más lejos de lo que yo pude.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque ibas a dejar la escuela y venir por mí.
Tenía razón.
Lo habría hecho.
Mariana tragó saliva.
—¿Mi papá sabía?
Doña Teresa cerró los ojos.
Socorro no contestó.
Y ese silencio fue peor que cualquier grito.
Esa tarde Mariana no regresó a las actividades. Se quedó dándole cucharaditas de arroz a su abuela. La vio comer despacio, como si pedir más fuera un abuso.
Cuando preguntó por Lorena, doña Teresa apretó la muñeca.
—Ella vino una vez.
—¿Qué te dijo?
La abuela no quiso responder.
Pero el miedo en sus ojos lo dijo todo.
Mariana salió del asilo con la carpeta azul pegada al pecho. Llovía fuerte. Cada gota le golpeaba la cara como una bofetada.
Al llegar a casa, Rogelio estaba viendo noticias. Lorena se pintaba las uñas en la sala.
—¿Dónde estabas? —preguntó él.
Mariana puso la carpeta sobre la mesa.
—Con mi abuela.
Lorena levantó la mirada de golpe.
Rogelio se quedó tieso.
—Te dije que no fueras.
—Me dijiste que no me reconocía.
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