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Esperó 30 años a su esposo en el infierno del desierto mientras todos la llamaban loca, pero cuando él regresó mirándola como a una extraña, un misterioso medallón reveló la verdad más perturbadora de la región: el hombre frente a ella no era su esposo, sino el responsable de una tragedia que el pueblo juró callar.

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ESTA ES LA CONTINUACIÓN DE LA PARTE 2

La vergüenza le subió al rostro como una llamarada. Josefina bajó la mirada, apretó los dedos temblorosos sobre su falda y quiso decir algo, cualquier cosa que deshiciera aquel momento. Pero la voz se le quedó atorada. Aquel hombre tenía los ojos de Mateo, la boca de Mateo, la manera cansada de pararse de Mateo, y aun así la estaba viendo como si ella fuera una pobre vieja perdida en sus propios fantasmas.

—¿Tendrá un poco de agua? —preguntó él, casi sin fuerza.

Esa petición la rescató del golpe. En el desierto, negar agua era como negar vida. Josefina se levantó con esfuerzo, tomó su bastón y entró al jacal. Sus manos se movían solas. Sacó un jarro de barro del rincón más fresco, lo llenó del agua que guardaba para la tarde y volvió.

El hombre bebió con desesperación. El agua le escurrió por la barba, por el cuello, por la camisa llena de polvo. Cuando terminó, cerró los ojos y respiró como quien acaba de regresar de la muerte.

—Gracias —dijo—. De veras, gracias.

—No me agradezca —respondió Josefina, obligándose a sonar tranquila—. En estas tierras, un día uno ayuda y al otro puede ser uno quien necesite ayuda.

Él la miró con atención. Esa frase pareció tocarle algo que no entendía. Josefina sintió su mirada y se volteó hacia las cabras para esconder las lágrimas.

—¿Vive sola aquí? —preguntó él.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Josefina tardó en contestar.

—Desde hace mucho.

Él observó el jacal, el mezquite, los animales, el pozo escondido entre piedras. Había algo en su rostro, una inquietud que no sabía nombrar.

—Venía rumbo al pueblo —dijo—. Pero el calor me agarró fuerte. Creo que no puedo seguir hoy. ¿Será mucha molestia si me quedo aquí esta noche? Mañana temprano me voy.

Josefina lo miró. Quiso decirle que sí de inmediato, quiso suplicarle que no se fuera nunca, quiso gritarle que era Mateo, que su lugar estaba ahí, que ella lo había esperado como se espera un milagro. Pero el miedo la detuvo. Si se equivocaba, quedaría como la vieja loca que todos decían. Y si no se equivocaba… si de verdad era Mateo y no la reconocía, entonces el golpe sería más cruel.

—Puede quedarse —dijo al fin—. No tengo mucho, pero algo de comer le puedo dar.

—Se lo agradezco de corazón.

Josefina prendió el fogón. Puso el comal sobre las brasas, amasó harina con agua y una pizca de sal, preparó tortillas gruesas y calentó frijoles en una cazuela negra. Mientras lo hacía, sentía la mirada del hombre sobre ella. No era una mirada mala, ni curiosa de manera grosera. Era como si él también estuviera buscando algo en su memoria, sin saber qué.

Cuando comieron bajo el mezquite, el sol empezaba a caer. El cielo se puso rojo, luego violeta. El desierto, que de día parecía un castigo, al atardecer se volvía casi hermoso. Josefina le sirvió frijoles y un pedazo de queso de cabra. El hombre comió despacio, agradecido.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó él.

Josefina apretó el plato contra su regazo.

—Josefina.

Él se quedó quieto. Un instante apenas. Tan pequeño que cualquier otra persona no lo habría notado. Pero Josefina llevaba treinta años esperando señales.

—Josefina —repitió él en voz baja, como probando el nombre.

—¿Le suena?

El hombre frunció el ceño, confundido consigo mismo.

—No sé. Es un nombre bonito.

Ella sintió otra punzada.

—¿Y usted?

Él bajó la vista.

—Me llaman Tomás.

“Me llaman.” No dijo “me llamo”. Josefina guardó esa diferencia como quien guarda una brasa encendida.

—¿Tomás? —repitió.

—Sí. Al menos así me conocen desde hace años.

La noche llegó despacio. Josefina le acomodó un catre en un rincón del jacal, con una cobija limpia que guardaba para los fríos. La lámpara de petróleo alumbraba poco, apenas lo suficiente para pintar sombras en las paredes de adobe. Afuera, el viento rozaba el techo y hacía crujir el mezquite.

Josefina se acostó en su cama estrecha, pero no pudo cerrar los ojos. Desde donde estaba, veía la silueta del hombre. Escuchaba su respiración. Por momentos, el corazón quería creer que Mateo había vuelto. Por otros, la razón le decía que no fuera necia, que la vida no concede milagros tan tarde.

—Señora Josefina —dijo él de pronto en la oscuridad.

Ella se quedó rígida.

—Dígame.

—Perdone lo de hoy. Lo de su esposo. No quise hacerla sentir mal.

Josefina tragó saliva.

—No tiene culpa. Una aprende a vivir con sus heridas.

—¿Su esposo… desapareció?

El silencio fue largo. Tanto que Josefina creyó que quizá era mejor no responder. Pero había algo en la voz de aquel hombre que la abría por dentro.

—Sí —dijo al fin—. Una tormenta se lo llevó.

—Lo siento.

—Eso dice la gente cuando no sabe qué más decir.

Él no se ofendió. Al contrario, su voz bajó.

—Tiene razón.

Josefina volteó hacia la pared.

—Salió una tarde. Me prometió que volvía. Nunca regresó. Yo me quedé aquí porque… porque aquí lo vi por última vez.

—¿Nunca quiso irse?

Josefina soltó una risa triste.

—¿A dónde se va una cuando dejó el alma enterrada en un lugar?

Tomás no respondió. Pero esa frase lo dejó mirando la oscuridad hasta muy tarde.

A la mañana siguiente, Josefina se levantó antes del amanecer, como siempre. Ordeñó las cabras, encendió el fogón, barrió la tierra frente al jacal y fue al pozo con dos cántaros pequeños. Cuando volvió, Tomás ya estaba afuera. La vio caminar encorvada, pero con una dignidad silenciosa que parecía más fuerte que su cuerpo.

—Déjeme ayudarle —dijo.

—Todavía puedo.

—No dije que no pudiera. Dije que podía ayudarle.

Josefina lo miró. Esa forma de hablar, suave pero firme, le recordó tanto a Mateo que tuvo que apartar la vista.

Desayunaron café de olla, tortillas y queso. El silencio entre ellos ya no era incómodo, sino lleno de preguntas.

—¿Usted de dónde viene? —preguntó Josefina.

Tomás se frotó las manos.

—De un rancho al otro lado de la sierra. Ahí viví muchos años. Pero no nací ahí. O eso creo.

Josefina dejó la taza sobre la mesa.

—¿Cómo que eso cree?

Él respiró hondo.

—Hace muchos años me encontraron herido cerca de estas tierras. Dicen que estaba golpeado, deshidratado, con fiebre. Cuando desperté, no recordaba nada. Ni mi nombre. Ni mi casa. Ni mi familia.

El mundo se le movió a Josefina.

—¿Nada?

—Nada claro. Solo pedazos. Una puerta de adobe. Un árbol. Una mujer riéndose. A veces una tormenta. A veces una voz gritándome, pero nunca alcanzo a verle la cara.

Josefina sintió que las lágrimas le subían, pero las contuvo.

—¿Y por eso viene al pueblo?

—Sí. Últimamente los recuerdos se hicieron más fuertes. Como si algo me estuviera llamando. Pensé que tal vez, si caminaba por aquí, reconocería algo.

Josefina bajó la mirada a sus manos. Estaban temblando.

Ese hombre era Mateo.

Pero todavía no se lo dijo. No por falta de amor, sino por miedo. Miedo a verlo esforzarse y no recordar. Miedo a tener que mostrarle el rostro que los años le habían dejado. Miedo a que en sus ojos apareciera compasión, y no amor.

Esa tarde, cuando el sol empezó a bajar, Josefina fue al pozo con un pañuelo. Se lavó la cara lentamente y sacó de su vestido el medallón. Lo abrió. Dentro seguía la imagen gastada de aquellos dos jóvenes que el tiempo había querido borrar. Josefina acarició la foto con el pulgar.

—Yo sabía que ibas a volver —murmuró, creyéndose sola—. Aunque ya no me reconocieras.

Pero Tomás la había seguido en silencio.

Y cuando vio el medallón, algo dentro de él se rompió.

 

PARTE 3: EL MEDALLÓN QUE DEVOLVIÓ LA MEMORIA\

 

 

 

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