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Esperó 30 años a su esposo en el infierno del desierto mientras todos la llamaban loca, pero cuando él regresó mirándola como a una extraña, un misterioso medallón reveló la verdad más perturbadora de la región: el hombre frente a ella no era su esposo, sino el responsable de una tragedia que el pueblo juró callar.

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PARTE 1: LA MUJER QUE MIRABA EL MISMO CAMINO

En el desierto, el tiempo no camina igual que en los pueblos. Allá los días parecen quedarse pegados a la piel, como el polvo que se mete en las arrugas, en el cabello, en las uñas y hasta en los recuerdos. El sol sale con una fuerza que no pide permiso y se acuesta dejando el cielo ardiendo de naranja, como si también él estuviera cansado de mirar tanta soledad. En medio de esa tierra seca, lejos del ruido, lejos de las campanas del pueblo y de las voces de la gente, vivía Josefina.

Su casa no era más que un jacal viejo de adobe, con techo remendado, una puerta torcida y una ventana pequeña por donde entraba la luz como una bendición pobre. A un lado crecía un mezquite antiguo, torcido por los vientos, terco como ella. Bajo su sombra descansaban tres cabras flacas, unas gallinas testarudas y un perro viejo que ya casi no ladraba. Detrás de unas piedras grandes estaba el pozo, escondido como un secreto, con agua suficiente para seguir viva, pero no para olvidar.

Josefina tenía la espalda encorvada, la piel curtida por el sol y las manos llenas de grietas. Caminaba con un bastón hecho de rama seca, despacio, midiendo cada paso como quien le pide permiso al dolor. Nadie que la viera entonces habría imaginado que alguna vez fue una muchacha de ojos brillantes, cintura firme y risa clara, una de esas mujeres que en las fiestas del pueblo hacían voltear a los hombres, no por presumidas, sino porque parecían traer luz propia.

Pero el desierto le había cobrado caro.

En el pueblo la llamaban “la anciana del desierto”. Algunos lo decían con lástima. Otros con burla. Había quienes aseguraban que se había vuelto loca esperando a un hombre muerto. “Pobre Josefina”, murmuraban en la tienda. “Se quedó atorada en una promesa.” Las señoras bajaban la voz cuando pasaba. Los niños la miraban como si fuera parte de una leyenda triste. Los hombres viejos sacudían la cabeza y decían: “Mateo no va a volver. Treinta años son treinta años.”

Pero Josefina no escuchaba esas voces, o hacía como que no las escuchaba. Cada mañana, después de ordeñar las cabras y prender el fogón, se sentaba bajo el mezquite a mirar el mismo camino de arena. Ese camino que venía desde las dunas, cruzaba entre nopales, se perdía detrás de una loma amarillenta y, según su corazón, algún día le devolvería a Mateo.

Porque Mateo le había prometido volver.

Treinta años atrás, cuando todavía no existían tantas arrugas en su cara ni tanta tristeza en su pecho, Mateo salió de aquella misma casa durante una tormenta de arena. El cielo se había puesto oscuro aunque era de tarde. El viento levantaba remolinos violentos. Las cabras chillaban, las láminas del techo golpeaban como si alguien quisiera arrancarlas, y Josefina, con un rebozo apretado al cuerpo, le gritó que no fuera.

—¡Mateo, espérate! ¡No ves cómo viene el aire!

Él tenía que buscar una cabra perdida, una cabra preñada que se había soltado cerca del barranco. En aquellos tiempos, perder un animal era casi perder comida para un mes. Mateo la besó en la frente, rápido, con esa confianza de los hombres jóvenes que todavía creen poder ganarle a todo.

—No tardo, Josefina. Te lo prometo. Vuelvo antes de que oscurezca.

Ella lo vio alejarse entre la arena, cubriéndose la cara con el brazo. Lo llamó una vez más, pero el viento se tragó su voz. Después todo se volvió polvo. La tormenta golpeó la casa, quebró ramas, tiró piedras, arrancó parte del techo. Josefina quiso salir a buscarlo, pero una viga cayó, la golpeó en la pierna y la dejó atrapada entre tierra, madera y dolor.

Cuando despertó, era de noche. La tormenta había pasado, pero Mateo no estaba.

Durante días lo buscó como pudo. Con la pierna hinchada, la espalda lastimada y fiebre en los huesos, gritó su nombre hasta quedarse sin voz. Caminó arrastrándose entre rocas, preguntó en rancherías lejanas, siguió huellas que el viento borraba antes de que pudiera entenderlas. Nadie lo encontró. Algunos dijeron que seguramente la arena lo había cubierto. Otros, que tal vez cayó en algún barranco. Con el tiempo, el pueblo hizo lo que los pueblos hacen cuando una tragedia dura demasiado: dejó de hablar de ella.

Josefina no

ESTA ES LA CONTINUACIÓN DE LA PARTE 2

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