PARTE 2
Nadie se movió después de los 3 golpes.
Ni el padre Aurelio.
Ni mi madre.
Ni las señoras que un minuto antes rezaban como si el mundo siguiera en orden.
El ataúd de mi abuela quedó frente al altar, rodeado de flores blancas, pero ya no parecía un ataúd. Parecía una puerta. Y todos sabíamos, aunque nadie lo dijera, que algo estaba tocando desde el otro lado.
—Fue la madera —dijo mi tío Ernesto, demasiado rápido—. La humedad. Esta iglesia está vieja.
Nadie le creyó.
Mateo seguía de rodillas, con el rosario mojado apretado entre las manos. Yo lo levanté con cuidado. Estaba helado.
—¿Qué viste allá atrás? —le pregunté.
Él miró hacia la sacristía.
—Una niña. Tenía frío.
Mi madre cerró los ojos, como si esa frase le hubiera atravesado el pecho.
El padre Aurelio hizo una señal a 2 hombres del pueblo.
—Vamos a la sacristía.
Mi tío se interpuso.
—Padre, con todo respeto, esto es un funeral. No convierta la misa de mi madre en un circo.
El sacerdote lo miró con tristeza.
—Ernesto, si hay una niña escondida en esta historia, hace mucho dejó de ser solo asunto de familia.
Mi tío apretó los puños, pero no pudo decir más.
Entramos a la sacristía. Olía a incienso viejo, madera húmeda y tierra recién removida. Mateo caminó pegado a mí. Señaló una puerta baja al fondo, casi oculta detrás de una imagen rota de San José.
—Ahí.
El padre abrió la puerta. Había una escalera angosta que bajaba a un cuarto oscuro donde guardaban cajas de veladoras, manteles antiguos y figuras quebradas de Semana Santa.
—No tenemos que hacer esto —murmuró mi tío.
Mi madre se volvió hacia él.
—Claro que tenemos.
Bajamos despacio. Las paredes estaban manchadas de humedad. En una esquina, detrás de un mueble viejo, había una caja de madera cubierta de polvo. La tapa tenía unas iniciales grabadas torpemente con cuchillo.
I. M. R.
El padre Aurelio limpió la madera con la manga.
—Inés María Ramírez —dijo en voz baja.
Ramírez era el apellido de mi abuela antes de casarse.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—No puede ser.
—No prueba nada —dijo mi tío.
El padre lo miró.
—Entonces no deberías tener miedo de abrirla.
La caja crujió al levantarse la tapa.
Dentro había un vestido infantil amarillento, una cinta azul, recortes de periódico viejos, una medallita oxidada y media fotografía rota.
En la foto aparecía mi abuela de joven, tal vez de 20 años, con el cabello negro trenzado y los ojos tristes. En brazos llevaba a una niña de unos 5 años. La niña sonreía apenas. Tenía el mismo rosario que Mateo sostenía.
La otra mitad de la foto estaba arrancada.
Justo donde debía aparecer alguien más.
Mi madre empezó a llorar, pero no como en la misa. Lloraba con rabia.
—Ernesto, dime la verdad.
Mi tío no contestó.
—¡Dímela! —gritó ella—. Nuestra madre acaba de morir. ¿Todavía vas a seguir cuidando una mentira?
Él se recargó contra la pared, derrotado.
—Inés era hija de mamá.
El cuarto pareció quedarse sin aire.
—¿Qué? —susurré.
—Antes de casarse con mi padre —dijo él, sin mirarnos—. Mamá tuvo una niña. La familia de mi padre no la aceptó. Decían que una mujer con una hija “de nadie” era una vergüenza. La obligaron a esconderla.
Mi madre negó con la cabeza.
—No. Mamá jamás habría escondido a una hija.
—No la escondió porque quisiera —respondió él—. La obligaron. Primero en una casa de una tía. Después aquí, en este cuarto. La tía limpiaba la iglesia y le dejaba traer comida. Mamá venía a verla cuando podía.
Mateo empezó a llorar en silencio.
—Ella dice que lloraba mucho —murmuró.
Mi tío se tapó la cara.
—Yo era niño. Tenía 9 años. Una noche llovió como nunca. Inés estaba enferma. Mamá quería llevarla al doctor de Dolores Hidalgo, pero mi padre no la dejó. Dijo que si alguien veía a la niña, el apellido se iba a manchar.
Mi madre se cubrió la boca.
—Al amanecer ya no respiraba —continuó Ernesto—. Mi padre no permitió velorio ni tumba. Dijo que esa niña nunca había existido. La enterró cerca del muro de la iglesia, donde cae el agua de la canaleta.
El padre Aurelio bajó la mirada.
—¿Y tú lo sabías?
Mi tío lloró por primera vez.
—Lo vi. Vi a mi padre salir con una pala. Vi a mamá tirada en el suelo, abrazando ese rosario. Luego me obligó a jurar que jamás diría nada. Años después, cuando él murió, me entregó la otra mitad de la foto. Me dijo que si la verdad salía, destruiría a la familia.
—La familia ya estaba destruida —dijo mi madre—. Solo que tú preferiste no mirar.
Ernesto se dobló, como si esa frase le pesara en la espalda.
Arriba, en la iglesia, alguien comenzó a rezar un Padre Nuestro. Después se sumaron más voces. Pero ya no sonaban como oración de funeral. Sonaban como miedo.
El padre Aurelio tomó la media foto.
—¿Dónde está la otra mitad?
Mi tío tardó en responder.
—En mi casa. Detrás del cuadro de la Virgen de Guadalupe.
—Vamos por ella —dijo mi madre.
—No puedo.
Mi madre se acercó hasta quedar frente a él.
—Entonces mamá sí se va a enterrar sola.
Esa frase lo quebró.
Sacó unas llaves del bolsillo y asintió, temblando.
Pero antes de subir, Mateo miró hacia la esquina oscura del cuarto. Su rostro cambió. Ya no parecía asustado. Parecía estar escuchando.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Él susurró:
—Dice que todavía falta alguien.
—¿Quién?
Mateo levantó el rosario mojado.
—El que pidió que borraran su nombre.
Mi tío Ernesto se puso blanco.
El padre Aurelio alzó la mirada.
Y mi madre entendió antes que todos.
—No fue solo mi abuelo, ¿verdad?
Mi tío no respondió.
Entonces, desde arriba, volvió a escucharse un golpe.
No en el ataúd.
Esta vez venía de la puerta principal de la iglesia.
Alguien acababa de llegar a la misa de doña Chayo.
Y mi tío, al reconocer esos pasos, susurró con terror:
—No puede ser… él sigue vivo.
PARTE 3
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»