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El sonido fue pequeño al principio.

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El ventanal mostraba toda la ciudad de Monterrey extendida bajo el sol.

Valeria Castillo estaba de pie junto a la ventana.

Vestía un traje blanco elegante.

Cuando Mateo entró, ella se giró.

Durante un segundo se miraron.

—Déjenos solos —ordenó ella.

Los guardias salieron.

El silencio quedó entre ellos.

Mateo miró al suelo.

—Señora Castillo… yo solo estaba intentando ayudar.

Valeria caminó lentamente hacia él.

—Lo sé.

Mateo levantó la mirada.

—También sé que te golpearon mientras intentabas salvarme.

Mateo no respondió.

—Y que nadie hizo nada.

Mateo bajó la mirada otra vez.

Valeria suspiró.

—Mateo… ¿por qué lo hiciste?

—Porque usted no estaba respirando.

—Pero todos los demás estaban mirando.

Mateo encogió los hombros.

—Mi papá decía que cuando alguien se está ahogando… no importa quién seas.

Valeria lo observó con atención.

Luego preguntó algo inesperado.

—¿Tienes hijos?

Mateo se tensó.

—Sí.

—Dos.

—¿Dónde están ahora?

—En la escuela.

—¿Quién los cuida?

Mateo dudó.

—Yo.

—¿Y la madre?

—Murió hace tres años.

Valeria guardó silencio.

Luego caminó hacia su escritorio.

Tomó un sobre.

—Mateo… el informe médico dice que si hubieras tardado treinta segundos más… yo estaría muerta.

Mateo no sabía qué decir.

Ella deslizó el sobre hacia él.

—Esto es para ti.

Mateo lo abrió lentamente.

Sus ojos se agrandaron.

—¿Esto…?

—Es un cheque.

 

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