—Pero… son… quinientos mil pesos.
Valeria negó con la cabeza.
—No.
Se acercó.
—Ese es solo el comienzo.
Mateo frunció el ceño.
—No entiendo.
Valeria sonrió ligeramente.
—Mateo… yo dirijo una empresa con miles de empleados.
—Sí.
—Y todos en esa sala… tenían títulos, dinero y poder.
Mateo no dijo nada.
Valeria continuó:
—Pero el único que tuvo valor… fue el conserje.
Mateo bajó la mirada.
—Solo hice lo correcto.
Valeria lo miró fijamente.
—Exactamente.
Luego dijo algo que cambiaría su vida.
—Quiero ofrecerte un trabajo.
Mateo parpadeó.
—¿Un trabajo?
—Sí.
—Pero… yo soy conserje.
Valeria negó con la cabeza.
—Eres un hombre que no se paraliza cuando otros lo hacen.
Mateo se quedó sin palabras.
—Eso es lo que necesito cerca de mí.
Mateo respiró profundamente.
—No sé de negocios.
Valeria sonrió.
—Entonces te enseñaré.
Mateo miró por la ventana la ciudad.
Luego pensó en sus hijos.
—¿Qué clase de trabajo?
Valeria respondió con calma.
—Mi asistente personal.
Mateo abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
Mateo estaba a punto de hablar cuando Valeria agregó algo más.
—Además… quiero que tu historia cambie.
Mateo levantó la mirada.
—¿Cómo?
Valeria respondió suavemente:
—La persona que me salvó la vida… no debería estar limpiando los pisos de mi empresa.
Y así, en una sala de juntas donde todos habían mirado sin actuar…
un conserje se convirtió en la persona más importante en la vida de una multimillonaria.
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