Aquel día, la calle principal del pueblo pareció detenerse. Desde la carretera llegó un ruido conocido, un traqueteo metálico que muchos no oían desde hacía años. Las puertas se entreabrieron, las miradas se asomaron por encima de las cercas y, junto al pozo, varias personas se quedaron quietas con los cubos en la mano, tratando de adivinar si de verdad era lo que pensaban.
Y sí: era Esteban.
Con setenta años cumplidos y una vida marcada por la pérdida de su esposa, llevaba mucho tiempo sin mezclarse con nadie. Vivía a su ritmo, casi siempre con la misma chaqueta gastada, dejando para “otro día” arreglos que nunca llegaban: el techo se quejaba cada primavera, la valla se vencía poco a poco y el huerto se había vuelto más salvaje de lo que a él le importaba.
Sin embargo, lo que hizo que la gente se quedara realmente boquiabierta no fue verlo de nuevo sobre su antigua motocicleta.
Fue ver a alguien detrás de él.
En la parte trasera viajaba una mujer joven, de unos treinta años, con un vestido azul estampado de margaritas, sujetándose con naturalidad, como si esa escena fuera lo más normal del mundo.
La moto avanzaba despacio, a ratos tosía como si le faltara el aliento, y en algunos tramos parecía necesitar más voluntad que gasolina. Aun así, llegaron. Cuando se detuvieron frente a la casa de Esteban, ya había vecinos reunidos a ambos lados, fingiendo que solo pasaban por allí.
Alguien murmuró que aquello era una locura. Otro preguntó, medio en serio medio por salir del paso, si se trataba de una nieta. Pero Esteban no se apresuró ni se justificó. Se quitó el casco, ayudó a la mujer a bajar con cuidado y, con una calma sorprendente, dijo:
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