Las palabras.
La humillación.
Y luego…
El instante en que se quitó el vestido.
No como exposición.
Sino como verdad.
Abrió los ojos.
Ya no dolía.
Porque esa historia…
Ya no la definía.
Solo la explicaba.
Y eso era muy distinto.
Porque una vez que dejas de cargar…
También dejas de pertenecerle al pasado.
Y empiezas, por fin…
A pertenecerte a ti misma.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»