Ya no era solo tensión.
Era expectativa.
Una incomodidad espesa, como si todos intuyeran que algo iba a romperse… pero nadie supiera exactamente qué.
La jueza Navarro retomó su lugar con la compostura firme de quien ha visto de todo, pero incluso en su rostro había una ligera rigidez.
—Continuamos —anunció—. Tiene la palabra la parte actora.
Mercedes Robles se puso de pie, pero antes de hablar, miró a Lucía.
Lucía asintió.
Un gesto mínimo.
Pero definitivo.
—Con su permiso, su señoría —dijo Mercedes—, mi representada desea realizar una manifestación directa ante el tribunal.
La jueza observó a Lucía unos segundos.
—Adelante.
Lucía se levantó.
No había prisa en sus movimientos. Caminó hacia el centro de la sala con una serenidad que descolocaba. No miró a Álvaro. No miró al público. Solo a la jueza.
Y luego, sin decir una sola palabra… llevó sus manos al cuello de su vestido.
El murmullo fue inmediato.
Mercedes no se movió.
Álvaro sonrió con burla.
—¿Ahora qué? —susurró, apenas audible.
Lucía no respondió.
Desabrochó el primer botón.
Luego el segundo.
Luego el tercero.
El sonido de la tela al deslizarse pareció amplificarse en la sala.
Y entonces…
Se quitó la capa exterior del vestido.
El silencio fue absoluto.
Debajo, no había nada indecoroso.
No era un espectáculo.
Era algo mucho peor.
Mucho más poderoso.
Su piel.
Marcada.
Surcada.
Evidencia viva.
Cicatrices largas en los brazos.
Moretones antiguos que nunca habían sido documentados.
Quemaduras pequeñas en la parte alta del torso.
Marcas en la espalda que, incluso desde donde estaban sentados, algunos podían intuir.
No eran recientes.
No eran accidentales.
Eran historia.
Historia escrita en el cuerpo.
La jueza se inclinó hacia adelante.
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