Despidieron a Marisol frente a 12 empleados y 2 muchachos en silla de ruedas que lloraban como si les arrancaran a la única persona que aún les daba ganas de vivir.
La acusación cayó un sábado por la mañana, dentro de una mansión en Lomas de Chapultepec, cuando Alejandro Robles, dueño de una constructora enorme, regresó antes de tiempo de Monterrey y encontró a su hermana Rebeca con el collar de su difunta esposa en la mano.
La joya había aparecido debajo del colchón de Marisol Herrera, la joven encargada de la limpieza.
—No es mío, señor Alejandro. Se lo juro por mi madre.
Marisol temblaba, pero no bajaba la mirada. Tenía 25 años, un uniforme gris sencillo y los ojos verdes llenos de lágrimas contenidas. Detrás de ella, los gemelos Emiliano y Rodrigo impulsaban sus sillas con desesperación.
—Papá, ella no robó nada.
—Es mentira, papá. Tía Rebeca la odia desde que llegó.
Rebeca soltó una risa fría.
—Claro que la defienden. Los manipuló. Se acercó a ustedes para meterse en esta familia.
Alejandro sintió que el pecho se le cerraba. Durante 14 meses, desde el accidente que dejó a sus hijos sin caminar, él había vivido huyendo de su propia casa. Les compró terapias, enfermeros, aparatos carísimos, pero no pudo mirarlos sin culpa. Él les había regalado el auto deportivo. Él recibió la llamada del hospital a las 3 de la madrugada. Él escuchó a Rodrigo gritarle:
—Tú nos hiciste esto.
Por eso trabajaba sin parar. Por eso dejó que otros cuidaran a sus hijos. Hasta que Marisol apareció.
Había llegado 3 meses antes con una bolsa vieja, cartas de recomendación y apenas dinero para el camión. Teresa, el ama de llaves, le advirtió que los muchachos eran difíciles, que ningún empleado duraba.
Marisol solo respondió:
—La tristeza no se cura con miedo, señora. Se cura con paciencia.
Al principio, los gemelos la rechazaron. Emiliano le gritó cuando ella lo encontró tirado junto a su silla, después de intentar alcanzar un libro.
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