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Venda la casa. Hoy. No importa el precio. Quiero el dinero en mi cuenta antes de que él regrese.

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Mi abogado, Marc Delcourt, guardó silencio unos segundos.

—Ariane… ¿estás segura?

—Completamente.

—Eso provocará un escándalo.

—Marc —dije con calma—, ese escándalo ya empezó. Yo solo voy a terminarlo.

Escuché cómo tomaba aire al otro lado de la línea.

—Muy bien. Me encargaré.

Colgué.

Por primera vez en horas, el silencio de la suite del hotel me permitió pensar con claridad.

No lloré.

No grité.

Simplemente abrí mi portátil.

Tenía trabajo que hacer.

Tres días después, Alaric regresó de su “luna de miel”.

No lo supe por él.

Lo supe por una llamada frenética de mi antiguo mayordomo.

—Madame… hay un problema.

—¿Qué ocurre, Pierre?

—El señor Alaric está aquí. Y… hay agentes inmobiliarios dentro de la casa.

Sonreí.

—Sí. Eso es correcto.

—Pero… él dice que es su casa.

—Pierre —respondí con suavidad—. Dile que revise el registro de propiedad.

Colgué.

Imaginé la escena.

Alaric, entrando a la mansión con su nueva esposa embarazada, esperando la vida de lujo que yo había construido.

Y encontrando agentes inmobiliarios, compradores y abogados caminando por el salón.

Mi teléfono vibró.

Alaric.

Contesté.

—Ariane, ¿qué demonios está pasando?

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