“Encontré algo. Si la casa estaba preparada para engañar a la policía, entonces las tienen en otro lugar.”
Iván respondió minutos después:
“Elías Montiel tiene una bodega registrada en Tlajomulco y una quinta cerca de la carretera a Colima. Conseguí los datos.”
Mariana sintió un golpe de adrenalina.
Al amanecer, dejó una nota en la mesa: “Fui al Ministerio Público, como pediste.”
Pero no fue al Ministerio Público.
Iván la esperaba en un carro viejo prestado. Primero llegaron a la bodega. Era un edificio de ladrillo, rodeado por malla alta y cámaras nuevas. Desde una ventana trasera, Iván logró ver hacia dentro.
Bajó con la cara blanca.
—Hay mujeres ahí. Varias. Una se parece a Luz Elena.
Mariana llamó a emergencias. Pero mientras esperaban, tres camionetas entraron por la parte trasera. Hombres armados bajaron con prisa. Minutos después, sacaron a las muchachas cubiertas con chamarras y las metieron en los vehículos.
Cuando la policía llegó, la bodega ya estaba vacía.
Solo quedaron colchones, ropa, maquillaje, botellas de agua y un olor terrible a encierro.
El investigador tomó fotos, pero Mariana sabía la verdad: alguien les había avisado.
—Falta la quinta —dijo ella.
Iván la miró aterrado.
—Después de esto van a esperarnos.
—Entonces tenemos que llegar antes de que desaparezcan otra vez.
Esa frase quedó suspendida entre los dos como una sentencia.
Porque la siguiente puerta que abrieran podía salvar a Luz Elena… o condenarlos a todos.
PARTE 3
La quinta de Elías Montiel estaba escondida entre árboles, a veinte minutos de la carretera. Desde lejos parecía una casa de descanso de gente rica: portón alto, cámaras, jardín cuidado y una fachada moderna con balcones amplios.
Mariana e Iván dejaron el carro entre matorrales y entraron por una parte rota de la cerca. Avanzaron agachados, con el corazón en la garganta.
—Si vemos algo raro, nos vamos y llamamos a la policía —susurró Iván.
Mariana no contestó.
En el segundo piso, una ventana estaba entreabierta. De pronto, una voz débil salió de ahí.
—Ayúdennos, por favor.
Mariana levantó la mirada.
Una mano apareció entre las cortinas y soltó un papel arrugado. Cayó sobre el pasto.
Iván lo recogió.
“Somos cinco. Dos hombres abajo. Nos van a mover hoy.”
Mariana sintió que se le heló la sangre.
—Es ella.
—Llamemos a la policía ya.
—Sí, pero también hay que sacarlas. Si esperamos, se las llevan.
Detrás de la casa había una escalera de metal apoyada contra un muro. Iván quiso detenerla, pero Mariana ya la estaba arrastrando hacia la ventana.
—Haz ruido del otro lado. Distráelos.
—Mariana, esto es una locura.
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