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Una mujer común encontró una súplica escondida en su regalo de cumpleaños y tuvo que elegir entre obedecer a su marido o salvar a alguien que nadie quería buscar

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PARTE 1

—Si esta nota es una broma, es la broma más cruel que he visto en mi vida —susurró Mariana, con las manos temblándole sobre la cama.

La mañana había empezado como cualquier sábado tranquilo en Guadalajara. Mariana Rivas, de treinta años, estaba sola en casa porque su esposo Fernando había viajado a Monterrey por trabajo desde la noche anterior. Su suegra, doña Carmen, veía las noticias en la sala, como siempre, con una taza de café en la mano y una cobija sobre las piernas.

El regalo de cumpleaños de Fernando estaba dentro de una caja blanca: unos zapatos negros, elegantes, de tacón medio, con una correa delgada que le rodeaba el tobillo. Mariana llevaba meses viéndolos en una zapatería de la plaza, pero nunca se atrevía a comprarlos porque decía que había gastos más importantes.

Al probárselos frente al espejo, sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que Fernando había pensado en ella de verdad. Pero al caminar hacia la puerta, notó algo raro. El zapato izquierdo le apretaba demasiado en la punta, mientras el derecho le quedaba un poco flojo.

Se sentó en la orilla de la cama, se quitó el izquierdo y metió los dedos por dentro. La plantilla estaba levantada. Como si alguien hubiera escondido algo debajo.

Con cuidado, la despegó.

Ahí estaba.

Un papelito doblado en cuatro partes.

Mariana lo abrió pensando que quizá era una etiqueta vieja o una nota de fábrica. Pero cuando leyó la primera línea, sintió que el aire se le fue del pecho.

“Auxilio. Me tienen encerrada. Me obligan a atender hombres. Llama a la policía. Calle Nogal 47, sótano. Me llamo Luz Elena Vargas.”

Mariana leyó la nota una vez. Luego otra. Luego otra más.

La letra era temblorosa, desesperada, como escrita con prisa. No parecía un juego. No parecía una ocurrencia de adolescentes. Parecía el último intento de alguien que ya no sabía cómo pedir ayuda.

Bajó corriendo a la sala.

—Doña Carmen, mire esto. Lo encontré dentro del zapato.

Su suegra tomó el papel, lo leyó y soltó una risa seca.

—Ay, Mariana, por favor. Hoy en día la gente inventa cualquier cosa. Seguro fue un chamaco queriendo asustar a alguien.

—¿Un chamaco metió esto debajo de la plantilla de unos zapatos nuevos?

—Tal vez los regresaron a la tienda y los volvieron a vender. No te metas en problemas que no son tuyos.

Mariana intentó llamar a Fernando, pero no contestó. Luego llamó otra vez. Nada.

No pudo quedarse quieta. Metió los zapatos en la caja, guardó la nota en su bolsa y se fue a la zapatería de la plaza.

El local se llamaba Paso Fino. Ahí la recibió Iván, un vendedor joven que ya la conocía porque Fernando compraba seguido ahí.

—Buenos días, señora Mariana. ¿Todo bien con los zapatos?

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