ANUNCIO

Una mujer común encontró una súplica escondida en su regalo de cumpleaños y tuvo que elegir entre obedecer a su marido o salvar a alguien que nadie quería buscar

ANUNCIO
ANUNCIO

—Vamos a revisar.

En ese momento regresó el hombre corpulento.

—Buenas tardes, oficiales. ¿Problemas?

—Dicen que hay alguien en su sótano.

El hombre sonrió.

—Puras cajas viejas. Pasen a ver.

Sacó las llaves con demasiada calma. Abrió la puerta. Encendió la luz.

Adentro solo había muebles, bicicletas viejas y cajas acomodadas.

Nada de Luz Elena.

Nada de llanto.

Nada.

Mariana sintió que el piso se le movía.

—Hace unos minutos escuchamos a alguien.

El hombre la miró fijamente.

—Señora, debería tener cuidado con lo que imagina.

Cuando la patrulla se fue, él se acercó un paso más.

—Y usted también, muchacho. Las personas curiosas en esta ciudad a veces se pierden.

Iván tomó del brazo a Mariana y se la llevó de ahí.

Esa noche, Fernando volvió de Monterrey antes de lo esperado. Estaba furioso.

—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? Fuiste a una casa de criminales.

—Encontré el arete de Luz Elena.

—¡No me importa un arete! Me importa que mi esposa siga viva.

—¿Y a la mamá de Luz Elena quién le importa?

Fernando se quedó callado. Doña Carmen los escuchaba desde el pasillo.

—Mañana vas a retirar todo —ordenó él—. Y nos vamos unos días a Chapala. Necesitas alejarte de esto.

Mariana bajó la mirada.

—Está bien.

Pero cuando Fernando se metió a bañar, le escribió a Iván:

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO