Fueron directo.
La casa era pequeña, de fachada verde deslavada. Una mujer de cabello canoso les abrió con desconfianza. Cuando Mariana preguntó por Luz Elena, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Soy su mamá. ¿La encontraron?
Mariana sintió que se le partía el alma.
La señora se llamaba Teresa. Contó que Luz Elena tenía veintitrés años y había aceptado un trabajo limpiando un spa porque necesitaban dinero para las terapias de su hermano Diego, quien había quedado con dificultad para caminar después de un accidente.
—Al principio venía contenta —dijo Teresa—. Decía que le pagaban bien. Pero las últimas semanas llegaba pálida, nerviosa. Una vez la vi con moretones, y me juró que se había caído.
—¿Denunció su desaparición?
—Fui al Ministerio Público. Me dijeron que era mayor de edad, que seguro se había ido con alguien.
Mariana sacó la nota.
Cuando doña Teresa la leyó, se tapó la boca para no gritar.
—Es su letra.
Fue entonces cuando la mujer buscó una foto en su celular. Luz Elena aparecía sonriendo, con el cabello castaño recogido y unos aretes pequeños en forma de flor.
Iván se quedó helado.
—Yo vi uno igual tirado cerca de la calle Nogal.
Esa tarde fueron a la dirección del papel. Calle Nogal 47 era una casa vieja, con ventanas cubiertas por cortinas gruesas y una reja oxidada. Parecía abandonada, pero había una camioneta negra afuera.
Mariana e Iván se escondieron frente a una tienda cerrada. Después de media hora, dos hombres salieron de la casa. Uno era corpulento, con camisa blanca y lentes oscuros. El otro cargaba una bolsa negra.
Cuando se fueron, Mariana se acercó al sótano lateral. Había una puerta metálica con candado. En el suelo, entre la tierra, encontró un arete.
Una flor plateada.
—Es de Luz Elena —susurró.
Iván pegó el oído a la puerta.
—Hay alguien adentro.
Mariana también escuchó. Era un sonido débil. Como un llanto ahogado.
Llamaron a la policía. Esperaron veinte minutos. Llegó una patrulla con dos agentes. Mariana explicó todo: la nota, la madre, el arete, los ruidos.
El policía mayor ni siquiera parecía sorprendido.
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