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Una mujer común encontró una súplica escondida en su regalo de cumpleaños y tuvo que elegir entre obedecer a su marido o salvar a alguien que nadie quería buscar

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Ella sacó la nota y se la puso frente a los ojos.

—Encontré esto adentro.

Iván la leyó. Su cara cambió por completo. Se puso pálido, miró hacia las cámaras del techo y bajó la voz.

—Váyase ahorita mismo.

—¿Qué?

—No hable aquí. No pregunte nada. Váyase y vaya al Ministerio Público.

—Entonces usted sabe algo.

Iván tragó saliva.

—A las dos, en la cafetería de la esquina. Mesa del fondo. No venga con nadie. Y no le diga a nadie que habló conmigo.

Mariana salió con el corazón golpeándole las costillas.

Cuando llegó a casa, doña Carmen volvió a insistir en que dejara todo así. Fernando por fin contestó desde Monterrey, pero también minimizó la situación.

—Amor, puede ser una broma pesada. No te arriesgues. Yo regreso mañana y lo vemos.

—Fernando, el vendedor se asustó. Me dijo que fuera a la policía.

Hubo un silencio largo.

—Entonces ve, pero no hagas nada sola. Prométemelo.

Mariana prometió, aunque por dentro sabía que no podía quedarse cruzada de brazos.

A las dos en punto, Iván la esperaba en la cafetería. No pidió comida. Apenas tocó su vaso de agua.

—Luz Elena Vargas existe —dijo él—. Trabajaba limpiando en un spa llamado Brisas del Sur, por la salida a Tonalá. Hace un mes desapareció.

Mariana sintió frío.

—¿Y los zapatos?

—Ese spa compra tacones por paquetes. Supuestamente para sus empleadas. Pero varias chicas llegan por ellos con miedo. No hablan. No miran a nadie. Una vez una traía golpes en los brazos.

—¿Está diciendo que ahí explotan mujeres?

Iván bajó la mirada.

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