Era pequeña, pero yo podía pasar si me ayudaba.
—Abre la puerta —ordenó Daniel—. No voy a pedirlo otra vez.
—¿Dónde está Mariana? —pregunté, mientras Rubén me ayudaba a subir al marco.
—Huyendo, si es inteligente. Aunque fue ella quien lo arruinó todo por ponerse nerviosa. Si no hubiera intentado retirar el sistema tan rápido, quizá todavía tendríamos tiempo.
—Ella lo fabricó.
—Ella sabe de química. Yo puse el dinero y el acceso. Éramos un buen equipo.
La madera de la puerta crujió. Daniel había dado el primer golpe.
—¡Abre!
Rubén me empujó con cuidado hacia afuera. Pasé por la ventana raspándome los brazos. Caí sobre una plataforma metálica de la escalera de emergencia. El amanecer apenas iluminaba los edificios vecinos. Abajo, la calle se veía lejana y fría.
Rubén salió detrás de mí justo cuando la puerta del baño se partió.
—¡Mamá! —gritó Daniel.
Comenzamos a bajar. Cada escalón de metal sonaba demasiado fuerte. Mi respiración se cortaba. Mis rodillas dolían. Pero el miedo me movía más que la fuerza.
Arriba, escuché golpes y luego el ruido de la ventana.
Daniel venía detrás de nosotros.
—¡No puedes correr para siempre! —gritó.
Rubén bajaba delante de mí, guiándome.
—La agencia del Ministerio Público está a 3 cuadras —dijo jadeando—. Si llegamos a la avenida, pedimos ayuda.
Pero Daniel era más joven. Más rápido.
Al llegar al segundo piso, escuché el golpe de sus zapatos en la escalera.
Rubén se detuvo.
—Siga bajando.
—No.
—Doña Elisa, hágame caso. Usted tiene que llegar viva para declarar.
Entonces vi que Daniel traía algo en la mano. Un cuchillo largo de cocina.
El mundo se volvió silencioso durante un segundo.
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