PARTE 1
—Si Belén no aparece en 10 minutos, voy a llamar a la policía —dijo mi mamá, parada junto al pastel de baby shower, con las manos temblándole sobre el mantel rosa.
Yo quise calmarla. De verdad quise. Pero también llevaba casi 2 horas mirando la entrada del salón de eventos en Coyoacán, esperando ver entrar a mi hermana con su vestido blanco, su panza de 8 meses y esa sonrisa nerviosa que había tenido durante todo el embarazo.
Belén me había escrito esa mañana: “Ya quiero llegar, hermana. Hoy sí me voy a sentir mamá de verdad”.
Esa frase, en ese momento, me pareció tierna.
Después me perseguiría durante meses.
Sergio, su novio, llegó solo. Traía la camisa arrugada, la cara pálida y el celular en la mano.
—¿Dónde está Belén? —le pregunté.
—Salió antes que yo —contestó, confundido—. Dijo que iba a recoger algo para la mesa de regalos y que nos veía aquí.
Mi mamá intentó llamarla. Yo también. El teléfono mandaba directo a buzón. Al principio todos dijeron lo mismo: que quizá se le había descargado, que quizá el tráfico, que quizá se sintió mal. Pero Belén nunca apagaba el celular. Menos estando embarazada.
Cuando las tías empezaron a murmurar y los regalos seguían amontonados sin abrir, Sergio y yo regresamos al departamento de Belén, en la Narvarte.
La puerta estaba sin seguro.
Su bolsa estaba sobre la barra de la cocina. Sus llaves también. Pero ella no estaba.
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