—Rubén… —susurré.
—Váyase.
No sé de dónde saqué fuerzas. Bajé los últimos escalones agarrándome del barandal, casi cayendo. Detrás de mí escuché gritos, un forcejeo, metal golpeando metal.
No miré.
Si miraba, no podría seguir.
Llegué al callejón y corrí hacia la avenida. Mis pantuflas resbalaban. La bolsa me golpeaba el costado. Un taxi se detuvo en un semáforo y me lancé hacia él.
—¡Ayúdeme! ¡Por favor! ¡Mi hijo quiere matarme!
El chofer, un hombre joven con gorra negra, abrió la puerta sin pensarlo.
—¡Súbase, señora!
Apenas entré, vi a Daniel salir del callejón. Tenía la camisa manchada y el cuchillo en la mano. Nuestros ojos se encontraron.
Yo busqué en su rostro algo. Una duda. Una vergüenza. Un resto de amor.
No encontré nada.
—¡Arranque! —grité.
El taxi salió disparado. Daniel intentó correr detrás, pero quedó atrás en la avenida, pequeño, furioso, irreconocible.
Llegamos al Ministerio Público en pocos minutos. Entré tropezando, llorando, gritando por el comandante Herrera. Al principio nadie entendía. Luego mencioné el departamento seguro, a Rubén, el veneno, mi hijo armado.
Todo se movió rápido.
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