Hubo silencio del otro lado. Después, una risa seca.
—¿Todavía necesitas preguntarlo?
—Soy tu madre.
—Y yo soy tu hijo. Pero eso nunca te importó cuando decidiste guardar todo el dinero “para tu vejez”, ¿verdad?
Aquella acusación me dejó sin palabras.
—Ese dinero era lo único que me quedaba después de vender mi casa.
—Una casa que yo te convencí de vender —respondió él—. Una casa que debió haber sido mía desde el principio.
Sentí que la rabia empezaba a mezclarse con el dolor.
—Te habría ayudado si me hubieras dicho que tenías problemas.
—¿Ayudarme? —escupió—. Debo más de 6 millones de pesos, mamá. Inversiones, préstamos, gente que no perdona. ¿Tú crees que tus sermones y tus “vamos a revisar las cuentas juntos” iban a salvarme?
Rubén logró mover apenas la ventana. Entró una corriente fría.
—¿Y por eso decidiste matarme?
Del otro lado, Daniel respiró hondo.
—Mariana dijo que era la forma más limpia. Nada violento. Nada sospechoso. Solo una señora mayor enfermándose poco a poco. Hasta yo podía llorar en el funeral sin que nadie dudara.
Mis piernas casi cedieron.
—Planeaste mi funeral.
—Planeé sobrevivir —corrigió él—. Tú ya viviste, mamá. Yo todavía tengo una vida por delante.
Esa frase me atravesó de una forma que nunca podré explicar. No era solo maldad. Era desprecio. Daniel no me veía como su madre. Me veía como una cuenta bancaria que respiraba.
Rubén me señaló la ventana. Ya estaba abierta.
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