—Mamá… ya sé que estás ahí.
PARTE 3
Rubén apagó las luces de un golpe y me tomó del brazo para llevarme al baño. El departamento seguro era pequeño, casi vacío, con muebles básicos y paredes desnudas. No había mucho dónde esconderse. El baño, al fondo del pasillo, era el único lugar con una ventana angosta que daba a la escalera de emergencia.
—No haga ruido —me susurró Rubén.
Me metió detrás de la puerta y tomó un cuchillo pequeño de la cocineta. Su mano no temblaba, pero su respiración sí.
La cerradura volvió a sonar.
Luego un clic.
La puerta principal se abrió despacio.
Yo apreté mi bolsa contra el pecho. Dentro llevaba mis documentos, mis medicinas y la foto de Daniel de niño. Qué ironía tan cruel: estaba escondiéndome del hombre que alguna vez cargué dormido sobre mi hombro, y todavía llevaba en la bolsa el recuerdo del niño que había amado.
Los pasos entraron a la sala.
Lentos. Seguros.
—Mamá —llamó Daniel con una calma que me heló la sangre—. Ya no tiene caso esconderse.
Rubén me hizo una señal con el dedo sobre los labios.
—Sé que estás aquí —continuó Daniel—. Herrera tuvo que mover a sus policías por una falsa llamada de emergencia. No fue difícil. La gente es tan predecible cuando cree que está protegiendo a alguien.
Mi cuerpo entero se llenó de miedo.
Él no había llegado por desesperación. Había planeado incluso eso.
—No quería que esto terminara así, mamá —dijo acercándose por el pasillo—. Pero tú siempre has sido terca. Siempre queriendo decidirlo todo, incluso cuando ya no entiendes cómo funciona el mundo.
Sentí un dolor más fuerte que el miedo. Porque esa frase no venía de un extraño. Venía de mi hijo.
Los pasos se detuvieron frente al baño.
La manija giró.
Estaba cerrada.
—Abre, mamá.
Rubén se inclinó hacia la ventana y empezó a forzarla con cuidado. La pintura vieja se resistía.
Yo sabía que debía ganar tiempo.
—¿Por qué, Daniel? —pregunté con la voz rota—. ¿Por qué me hiciste esto?
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